“…y prometo serte fiel hasta que la muerte nos separe…”

     Y también prometo ser casta y frígida por si alguna vez emigras a América”, faltó jurarle en su boda.

     Pero las promesas y juramentos de ellos en la iglesia ¿dónde quedaron al bajar del barco, en tierras lejanas? Para el varón, el desahogo, la necesidad son los nombres perfectos que autorizan y justifican la compañía íntima o una nueva vida sin explicaciones.

     Mujeres de emigrantes a veces abandonadas a su suerte, el sacrificio de muchas cosas sólo quedó para ellas.

     No solamente deben ser buenas sino parecerlo dijo el César, por tanto tendrán que tener conducta de casadas con maridos ausentes por años. Conducta de viudas con maridos vivos. Conducta de madres amorosas y abnegadas aún con los hijos lejos. Aún sin ellos debían mostrarse entregadas y comprometidas. Comportamiento obligado de inmaculadas en todos los sentidos, de vírgenes dolorosas, de santas con más de cien milagros comprobados, como si la decencia se midiera con el sacrificio de resignar amores nuevos, de la oportunidad de volver a empezar alguna vez y en la condena social y arcaica a la soledad de la interminable espera, aunque esa maldita espera dure todos los años de su vida.

     Si por algún motivo cualquiera los hombres que partieron no volviesen a casa ¿Quien se hará cargo de ellas, de sus hijos y de su miseria?

     Pocos son los hombres que han quedado en el pueblo: los viejos y los muy jóvenes, a los que hay que criar o cuidar todavía. También están los enfermos, forzados a quedarse porque ni siquiera pueden llegar al muelle y los viudos con muchos críos, tan pobres y desesperados como ellas.

     Así que pocas expectativas se vislumbran en ese tiempo para las mujeres jóvenes que quedaron, de encontrar marido y parir hijos como todas. A ellas les queda la iglesia, el cuidado de sus mayores, de la casa y alternar siendo madrinas o tías complacientes, cuidar las flores de las tumbas…y esperar cartas o sentarse mirando el horizonte, por donde asoman los barcos que traen las noticias escritas de los que se fueron.

     Vigías atentas de puertos y caminos, mujeres de emigrantes que guardaron sus sueños domesticándolos en una cacerola de garbanzos en remojo, o en cada grano de maíz alimentando a las pitas, en la negrura bajo las uñas de una mina, en el silencio del balanceo rítmico y cansino del sillón, mientras teje recuerdos de lana para sobrinos y nietos de América que tal vez nunca conocerá.

     Mujeres obedientes de la tradición, que sostienen con esfuerzo y trabajo esa economía local que es parte de un todo político, económico y social en la península, con una demografía dinámica en los cambios dentro y fuera de España, con migraciones incesantes.  Mujeres que permanecieron sosteniendo el espacio rural en el que viven, agotando los recursos naturales y personales intentando sobrevivir en medio de la pobreza mísera, de tierras que no rinden por desgaste y por cansancio, de poca oferta laboral, repartiendo la comida en la mesa con precisión casi matemática, con corte de cirujanas para que la porción alcance a todos los que esperan con hambre. Seguramente ella obviará su ración para que coman sus hijos o sus padres. Dirá en la mesa que no tiene apetito pero cuando quede sola es probable que raspe el fondo de la olla y eso será suficiente si lo acompaña con una hogaza de pan caliente.

     Son los tiempos del hambre haciendo ruido en la panza, donde falta la caricia del novio o del marido, la voz enérgica del hermano, la mirada serena del hijo, en definitiva, la presencia del hombre amado que ayude aunque sea un poco para mitigar la adversidad. Pero es que han quedado tan solas…tan solas…

     Poco hablan de ellas los libros de Historia y muchísimo menos -por no decir ninguno- los que registren los sueños y las vigilias de estas mujeres que quedaron sosteniendo uno de los eslabones de la emigración, tal vez el más fuerte, elemental, desconocido, ignorado y anónimo: el de las mujeres que quedaron cuidando el fuego para cuando ellos volvieran, que sostuvieron las microeconomías en las minas, en el campo y en las ciudades.  Ni se recuerda a las que permanecieron solas o solteras, las que parieron hijos de amores clandestinos mientras el marido está en América. No hay libro de historia que cuente qué soñaron, qué desearon, cómo calmaron su amor y su deseo primario cuando la casa quedaba a oscuras luego de la faena diaria.

     No podemos ya pensar la emigración solamente con los que partieron  porque dejaríamos  fuera un segmento importante de la población tanto masculina como femenina que quedó  cubriendo el déficit  que generaba la mano de obra ausente, de los puestos de trabajo  tradicionalmente a cargo de los hombres que muchas mujeres no pueden ocupar  por diversos motivos, del ámbito rural que no por ser conocido fuera el más fácil de sobrellevar, del trabajo doméstico y de todas aquellas formas  de producción de subsistencia que unidas dan como resultado la economía nacional.

ADELA DEL VALLE LÓPEZ

ROSARIO DE SANTA FÉ 21/09/2014

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