“VETE A AMÉRICA, QUE YO TE ESPERO”

 

 

 

   "Vete a América y haz tu vida. Apenas llegues al puerto busca a los familiares, a los amigos, a los que partieron antes. Consigue un trabajo, el que sea, pero honrado. Ahorra, y si puedes, envíanos algo de dinero. Pon estas fotos en la maleta y no las pierdas. Cuida estos panes que son para el viaje y compártelos con quien tenga menos que tú.  Recuerda rezar antes de acostarte y no olvides escribir, contarnos si estáis todos bien. Compórtate, por favor, y sabes a qué me refiero. Así que vamos, sube al barco de una vez y nada de lágrimas, que es por poco tiempo. No vuelvas la vista atrás y si nada sale bien, te regresas. Así que anda ya y vete... Vete a América, que yo te espero".

 

 

   ¿Una promesa? ¿Un juramento? ¿Un deseo? ¿Una orden?

 

  Tal vez todas esas cosas y más decían esas bocas, de las mujeres a sus hijos, a sus hermanos, a sus padres, a sus novios o a sus maridos cada vez que parían un emigrante en algún puerto de España.

 

    El puerto del Musel, como cualquier otro puerto de España, era testigo inquieto de las manos de cada mujer que se retorcían, algunas por la impotencia, otras por mantener un rato más el calor de las manos amadas que se iban desprendiendo de a poco, otras para cubrir sus ojos cerrados porque no quieren ver la partida, otras que santiguan la señal de la cruz en la frente del viajero y otras de apretar las cuentas del rosario esperando que brotara de ellas algún milagro que no sucedía. No sucedía.

 

     Esas mujeres de mirada lejana, de voz ahogada, con la piel de cien años aún siendo jóvenes, despiden al que se va a América. Muchas, muchas, desprenden a la fuerza los dedos que no quieren soltarse de sus manos, de su cintura, de los abrazos, para que sea más fácil la despedida. Pero quisieran ser gaviotas y acompañarles en el viaje para que no se pierdan en tierra extraña, que siempre han estado a su cuidado y ahora... Ahora es tiempo de partir de Asturias, de ayudarlos a zarpar   porque no es fácil. Ahora es tiempo de mostrarse fuertes ante ellos, sonrientes al levantar la mano y agitarla en alto. Ahora retumban en sus oídos el sonido de baúles y maletas arrastradas en la rampa del buque. La lágrima, las lágrimas, quedan escondidas para cuando el barco esté lejos, bien lejos, para cuando sea una sombra difusa, una mácula fantasmagórica del horizonte, para cuando ellos no las vean quebrarse en dos, en cien, en mil pedazos, para cuando ellos no las vean sufrir, para cuando ellos no las vean abatidas y vencidas por tanto dolor que no buscaron, por tanta condena a la soledad que no merecen, para cuando ellos no las vean estallar de tanta angustia mal acomodada en la garganta contraída, con el corazón en un puño y  en los ojos, que tratan de atrapar la última imagen de los amados que se van a buscar sueños, para cuando ellos no las vean, ni las distingan ahora  huérfanas con padre emigrante, ni casamentera con novio aventurero, ni viudas con marido vivo buscando patria nueva  para sembrar promesas, para cuando ellos ya no las vean en  la distancia mínima que existe entre la costa y el  barco, entre la distancia y la esperanza. Bocas de mujeres y los nombres de sus hombres gritados en la distancia, los "no me olvides" enamorados, los lacónicos "te escribiré", los juramentos de fidelidades y las promesas de esperas que tal vez ni se cumplan. Bocas que encargan saludos para los que recibirán a sus viajeros, bocas que mastican la bronca de la partida, bocas que olvidan la distancia en un solo beso, bocas que bendicen y bocas que maldicen, bocas que encomiendan a la Santina, bocas que se cierran a la palabra inoportuna, bocas que se abren generosas a la risa oportuna, bocas con agua y sal de llanto, bocas cerradas de labios apretados que muerden la lengua. Bocas de mujeres de emigrantes…

 

     El viaje de regreso del puerto a la casa es en un silencio apenas acompañado por el llanto de las más débiles pero seguramente las más fuertes a la hora de soltarlos de sus polleras, de quitar a la fuerza las manos que las aferraban como si sostuvieran a quien va a caer al abismo, o de sus bocas, para que subieran al barco de una vez por todas. Así van, unidas en la pena, sosteniéndose unas a otras como pueden, abrazadas, consolándose entre ellas en voz baja, en un susurro quebrado, mintiéndose que todo saldrá bien y en poco tiempo vuelven a casa. Creyéndolo, para que la espera no sea insoportable, que recién acaban de zarpar.

 

      En ese regreso al hogar a veces se oye la tos de las enfermas, el gemido constante de la más sufrida, la maldición de otras, la risa de la que es imprudente. El rezo de casi todas es apenas perceptible pero al unísono, rítmicas, letánicas, resignadas. Pareciera que recién ahora pueden entender que después de la muerte esto es    lo más parecido a la eternidad que puedan suponer. Sólo les queda esperar sumidas entre la angustia y la esperanza y mientras tanto volver a sus memorias femeninas de cada jornada, a sus rutinas, desorientadas ante el nuevo destino al que se enfrentarán desde ahora. Asustadas pero sólidas, enteras.

 

    Habrá que acostumbrarse despacito a dormir en media cama vacía, a la ausencia de los abrazos y a los besos, a la intimidad de esposos ahora interrumpida por tanta distancia. Acostumbrarse a silencios nuevos en la casa, a no tener ya la alegría al festejar los cumpleaños o la algarabía de la cosecha. Faltarán manos para bailar en la boda de las sobrinas y ahijadas, para tocar el tambor o sonar las gaitas en alguna fiesta, para cavar la fosa de los nuevos muertos, para zurrar nalgadas  al guaje que se ha portado mal, para acunar al hijo que nacerá cuando no esté, para reparar la casa, el hórreo y el arado, para ayudar a parir a la única vaca, que nadie mejor que él para hacerlo, para poner las cosas en su lugar, como debe ser, porque ha partido el hombre. Así se lo han enseñado y así lo aprendió cada mujer, por tanto, así lo siente: falta el hombre de la casa, ha partido a América el emigrante, aquél que se sentirá amparado aún cuando todo salga mal, el que  se animará en la tristeza o el que se sonreirá sabiendo que su esfuerzo tendrá su recompensa recordando lo dicho por boca de mujer:

 

   - Vete a América, que yo te espero…

 

 

ADELA DEL VALLE LÓPEZ

 

ROSARIO 08/10/2014

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