UNA CARTA DESDE ALEMANIA.

 

     Se podría decir  que ella era sumamente callada, más bien retraída; si se cruzaba con alguien apenas saludaba y por compromiso. El hijito era igual, casi ni se los sentía cuando estaban en la casa. A través del vidrio de la puerta de la habitación en que vivían miraba jugar en el patio  a los chicos del inquilinato. Siempre quieto. Siempre silencioso. Jamás se escuchaba a la madre renegar por algo con ese criatura, ni un chirlo en la cola ni un llanto de capricho ni un berrinche infantil, nada. Era el ejemplo para los otros que andaban correteando por la casa de inquilinato o sembrando el terror montados en los triciclos o los monopatines ya gastados de tanto uso.

-A ver si aprendés del nene ese, si, a vos te digo, mal educado…¿ves? mirá lo bien que se porta…da gusto tener hijos así…tan obediente, tan educadito que es…mírelo, doña Victoria, dígame si no parece un muñeco así vestido de marinerito…angelito de Dios…aunque a veces, y mire lo que le voy a decir, Dios es injusto porque dejar a una criaturita así sin padre….la verdad, no es justo…y encima a la edad que más lo necesitan…para mí que es por eso que el chiquito está siempre así, como apachuchado, triste quiero decir…pobrecito…porque extraña al padre, claro…Eso si, la mamá  se nota a la legua que es una muchacha excelente. Muy pulcra ella, ordenada en todo…de no creer tan joven y viuda…Me contaba no me acuerdo  quién que es traductora de alemán y que trabaja en una biblioteca a la mañana y al nene se lo lleva con ella. Se ve que ahí le pagan poco o no estaría viviendo en este inquilinato de morondanga… ¿Vio que yo le dije que para mí que era alemana o de por allá? Por la forma de hablar me di cuenta, no porque ella me lo dijo. Para mí, lo que tendría que hacer esta muchacha es conseguirse un buen hombre para que le ayude a criar al hijo…me refiero a alguien culto, con buen pasar económico, usted me entiende,  qué se yo, un abogado o un médico, algo así, no digo cualquier mamarracho que ande por ahí…yo le hablo de un caballero lo que se dice caballero. Y con dinero, por supuesto.  Ahora es todavía una linda chica aunque un poco gordita de piernas pero deje que le pasen los años y vamos a ver dónde encuentra un candidato que se quiera hacer cargo de ella y del nene… ¡ay, pobrecito!…mire, me da una lástima cuando lo veo ahí sentadito en la puerta de la habitación esperando a que llegue la madre…aunque se fue acá nomás cerquita a comprar pan. En fin, qué se le va a hacer… ¿quiere que prenda la radio y escuchamos música un ratito, doña Victoria? Hay un foxtrot que me vuelve loca y lo pasan a cada rato ¿usted vio alguna vez cómo se baila el foxtrot? Mire que le muestro…así, a los saltitos… ay, no me sale…lo que pasa es que necesito a la otra persona, la que lleva, el partenaire…así sola no se puede…bueno, no importa, se lo muestro otro día cuando esté mi marido ¿quiere otro mate?

 

     Berta baja del auto, le da la mano al hombre que lo conduce y  camina las dos cuadras que la separan del inquilinato. Sube las escaleras apurada, saluda con la cabeza a las mujeres que están sentadas escuchando la radio y tomando mate, besa al niño que la espera en la puerta de la habitación y se meten en ella. Doña Victoria le golpea la puerta y con la excusa de ofrecerle un mate estira el cuello para espiar el interior de la habitación: dos camas pequeñas cubiertas cada una con una manta blanquísima tejida al crochet, una mesita de noche con un velador encendido, una mesa redonda, dos sillas y un pequeño escritorio de madera repleto de libros y apuntes escritos a mano. Contra la otra pared distingue el ropero con un óvalo espejado en la puerta y frente a éste, un aparador pintado de color verde oscuro donde se lucía un florero con calas.     Extiende su brazo por el pequeño espacio que deja la puerta entreabierta con la excusa más amable y perfecta que encontró para justificar una conversación:

-Hola, señora ¿qué tal? Parece que no consiguió pan porque la veo con las manos vacías. ¿No quiere un matecito caliente ya que viene de la calle con tanto frío?

-Nein, señorra, danker.

     La alemana cierra discretamente la puerta agradeciendo el gesto de la vecina con una sonrisa leve, apenas perceptible.

-¿Y? ¿Qué le dijo, doña Victoria?

-Qué sé yo…algo me dijo de un “tanque”… ¿será porque allá están en guerra?

-Eso me dijo mi marido,  que en Alemania están en guerra pero que van perdiendo, parece. El tiene un sobrino que vive en Francia, mire usted, un español viviendo en París.…Más quisiera mi marido haber ido ahí en vez de venir a la Argentina, pero como él dice, el problema era el idioma, porque no solo eso sino que hay que saber escribirlo y leerlo además de hablarlo y para un inmigrante que apenas había ido a la escuela le aseguro que no hubiera sido fácil. La cosa es que mi marido no se animó a seguir al sobrino  y eso que Francia le quedaba ahí nomás porque él es de Gerona, pero como yo le digo siempre: Efraín, si no hubieras venido a la Argentina no me habrías conocido y no habríamos tenido los hijos hermosos que tenemos, bueno, que para una madre todos los hijos son hermosos. Como le contaba, el sobrino de Francia le cuenta todo por carta de la guerra allá en Europa: que si atacaron acá, que si atacaron por allá, la cosa es que está bravo el asunto en Alemania con el loco ese del bigotito.

-¿Y eso donde queda?

-¿Qué cosa? ¿Alemania?

-No, Josefa, me refiero al pueblo donde nació su marido.

-Ah… ¿Gerona? En España, doña Victoria, en España, pegadito a Francia. Bueno, la charla está muy linda y el mate también pero me tengo que ir a planchar. Hasta mañana, doña Victoria. Y ojalá esta muchacha encuentre un buen candidato, más que nada por el nene, pobrecito…

 

 

 

     Berta Rosenberg apenas balbucea palabras en castellano porque llegó hace poco a la Argentina, en 1948, y pareciera que aprender el idioma le cuesta como a la mayoría de los inmigrantes del noreste de Europa. Su vida es casi secreta, exceptuando una vez cuando la encargada le preguntó sobre su estado civil para anotarla en el libro de registro de inquilinos y dijo que era viuda. Por respeto a eso o porque no se metía con nadie, las vecinas jamás le preguntaron nada su pasado. Su vida era monótona, rutinaria, excepto los domingos cuando después de almorzar salía con su niño a pasear por el lago del Parque Independencia. Nunca se la vio acompañada de otra persona que no fuera el hijo ni vinieron a visitarla en todos estos años. Tampoco escuchaba música en la radio, solamente el informativo de Radio Nacional a las ocho de la noche para enterarse sobre la guerra en su país.

    Berta arropa al niño que duerme a su lado y se levanta de la cama a leer la carta que traía escondida en su cartera. Se notaba por la letra que quien la había escrito estaba apurado. Encendió un cigarrillo, la extendió y la leyó con cuidado:

 

                                                                         Alemania 1948

“Mi amor: Sé que has llegado bien a la Argentina y si he demorado en escribirte fue sólo por precaución aunque sabes que estos tres años de estar separados no han sido duros solamente para ti pues no ha pasado un solo minuto de cada día que no los recuerde.

 Aquí la guerra sigue y promete ser larga aunque otros opinan lo contrario. El Führer ha ordenado más persecuciones aunque ya pocos quedan para llevar a los campos de concentración. Algunos de mis camaradas y muy secretamente, confiesan que está loco pero con él nunca se sabe.

El buen amigo que te ha llevado esta carta atenderá cualquiera de tus necesidades, hasta las de dinero, porque no quiero que te falte nada ni a ti ni al niño. Sé que no puedes escribir contándome de él pero lo imagino feliz y me tranquiliza saberlo fuera del país. Cuando la guerra termine tomaré un barco y me reuniré con ustedes para ser la familia que somos y que en Alemania no pudo ser.

 Me han contado que en Argentina existe un lugar como el paraíso  en una provincia llamada Córdoba donde hay alemanes que llegan continuamente y hasta se habla de refugiados, aunque otros comentan sobre la belleza de la alejada Patagonia, bien al sur. En donde sea empezaremos una nueva vida, te lo prometo. Llegan rumores aquí que el gobierno argentino de Perón  simpatiza con el Führer y su política, así que no será un obstáculo para nosotros vivir allí.

Berta: no establezcas contacto de ningún tipo ni amistades  en ese  lugar donde vives hasta estar segura de con quién hablas. Supongo que debes sentirte muy sola en ese país y en esa ciudad, que entender el idioma resultará difícil pero ten paciencia, amor mío. Por mi parte no sé cuándo podré volver a escribirte porque sería tomar un riesgo innecesario. Si interceptaran la carta por alguna sospecha hacia mí o porque alguien me ha delatado para salvarse,  de saberse acá que eres judía y tengo un niño contigo me llevaría directamente al fusilamiento ¿y qué sería de ustedes si no estoy para cuidarlos? Tampoco estoy tan seguro sobre tus dudas acerca de hablar con el rabino o con gente de tu comunidad porque tarde o temprano se enterarán que nuestro hijo tiene un padre que es soldado de Hitler y no será fácil que los acepten. Pero son sólo suposiciones, tal vez te acepten sin reparos, lo que sería una suerte porque podrían ayudarte a instalar un pequeño negocio.

Por lo pronto, en una hora saldremos hacia la frontera norte y se teme lo peor. El ejército ruso avanza ganando territorio día a día pero Hitler ni habla de rendición. Estamos agotados,  ya casi sin fuerzas, esperando no sé qué en las trincheras que prácticamente ya son tumbas.  Sólo saberlos bien y a salvo, al cuidado del amigo que te entregó esta carta, me reconforta y me anima  a seguir vivo en esta guerra absurda. Cierro los ojos y ustedes vienen a mi mente como un escudo a las balas. No quiero que te preocupes por mí que sé cuidarme.

Berta, te dejo todo mi amor en esta misiva y a través de ella te pido  otra vez que te cases conmigo,  pero sabes que si algo me sucediera cumplirás con lo que me juraste al separarnos. Y cuida de nuestro  pequeño Erik, que dentro de tus posibilidades nada le falte y dile siempre que su padre lo ama y no los olvida.

Te ama

                                Franz”

   

     La mujer dobla la carta, enciende otro cigarrillo y mira el recorrido del humo como si en él se fueran sus sueños y sus recuerdos, los que vienen a su mente en cada pitada: su novio Franz, oficial del ejército alemán, y los preparativos de la boda mucho antes que sobreviniera la locura; la llegada de Hitler al poder y el amor prohibido por su ley; la puerta de su casa pintada con una estrella roja porque eran judíos; los amigos, vecinos y familiares hacinados dentro de los trenes rumbo a los campos de concentración. Pensó en su tatele,  en su mamele  y sus hermanas, en la oma  que fue ejecutada por los soldados en su propia cama porque estaba inválida, tan viejita  que  para ellos ni valía la pena trasladarla. Los recordó asustados subiendo a un camión a punta de mausers entre risas humillantes de los soldados y ella, que se había salvado por casualidad, espiándolos a través de los escombros acumulados frente al pequeño respirador del sótano, subida a un cajón para ver mejor y la panza a punto de explotarle, igual que el paisaje agrio de la guerra. ¿Dónde estaría ahora su familia?

     Llevó sus manos a la frente y recordó  al pequeño Erik naciendo  en el sótano de su casa donde se ocultó por varios días, comiendo lo poco que pudieron almacenar sabiendo que ése sería el refugio perfecto. Mientras tanto, las bombas explotaban en la superficie, tapando en cada estruendo sus gritos de dolor al parir; por momentos  no se sabía si lo que se oía de fondo eran campanas o la potente artillería soviética lanzada por los "organillos" de Stalin. Se recordó  escapando  de allí dos noches después, disfrazada con las ropas de un soldado acribillado justo frente a su puerta, con su niño recién nacido ajustado a su pecho, prendido a la teta para que no llorara y los descubrieran, sorteando alambrados electrificados hasta llegar al auto conducido por su novio Franz  que la sacó de la Alemania nazi aún  a costa de su propia vida; luego cruzar Francia y salir desde España rumbo a América del Sur, subida a un barco, sola con su bebé.

     Después, un tren la trajo a Rosario y se instaló en el inquilinato, lugar seguro por la diversidad de gente que lo habitaba. Ella era tan alemana como Franz, pero con la diferencia que era judía de piel cetrina con ojos negros como su pelo y como la noche.

     No habían sido tiempos buenos para ellos durante el nazismo.

     Apagó la luz junto con el cigarrillo. No derramó una sola lágrima. Se prometió a sí misma aprender el idioma, abrirse un poco más a esa gente que compartía la misma casa. Después de todo, si no soltaba demasiado su lengua, seguirían creyendo que era viuda y cuando viniera Franz diría que era un pretendiente con el  que se casaría para darle un padre al hijo, como murmuraban las vecinas a sus espaldas. Tal vez él tenía razón y Córdoba o la Patagonia serían el lugar indicado.

     Se imaginó en una cabaña de troncos y piedras viendo a su familia  hundir los pies en un arroyo, felices, riendo, dejando las imágenes de la guerra en el pasado. Franz podría pescar y sus hermanos se encargarían de la huerta y de la granja. El clima sería perfecto para sus padres pero sobre todo para Erik que necesitaba aire puro para sus pulmones delicados.

     Acaricia el cabello de su hijo y aunque lo ama como a nadie sigue viendo en él el emblema de la raza que buscaba el Führer.

     Erik tiene apenas   cuatro años y unos ojos celestes que da impresión mirarlos; la piel  transparente y el cabello rubio, casi blanco. 

 

ADELA DEL VALLE LÓPEZ 27/12/2010

UA-21500815-2