ROXANA SABALZA GARAY

 

     Cuando andaba yo por los cinco años, allá por 1957, la única cosa que me ponía eufórico, además de hacer un gol, era presentir las vacaciones de verano. No sé bien por qué las esperaba tanto como mi viejo que laburaba desde la noche a la mañana  o  mi vieja que no paraba con las cosas de la casa en todo el día; pero era  lindo disfrutar escuchando absorto  las charlas entre mi abuelo y mi padre sobre qué ruta tomar, observar junto a ellos los  mapas del Automóvil Club Argentino desplegados sobre la mesa justo cuando estaban los platos servidos y mi abuela que los cerraba diciendo que “la comida está servida”, las discusiones entre mi tía y mi mamá eligiendo  en dónde parar a almorzar. Yo prefería un rico sándwich de milanesa debajo de unos árboles a la vera del camino pero  mi opinión, por supuesto, nadie la tenía en cuenta por ese asunto de los gemelos a los que había que darles la mamadera y cambiarles lo pañales todo el tiempo y entonces detenerse era toda una pérdida de tiempo.

 

   Eran esos días de calor insoportable, aburrido ya de jugar con los regalos que trajo la navidad, cuando observaba junto a mis hermanos que mamá empezaba un trajín infinito de valijas escondidas bajo la cama, bolsos, pañales, repelente de mosquitos y jarabe para la tos por las dudas. Sabía que el día de partida estaba cercano porque mi tía ponía las macetas dentro de las cacerolas con agua, mi abuela lavaba hasta que la soga se venía abajo y mi papá volvía a sacar cuentas una y otra vez en un papel que luego tiraba.

 

     Ese verano, entre los varones de la familia, habían decidido que se pasaría en Mar Chiquita, en la provincia de Córdoba,  en un lugar específico que les había recomendado un cliente de mi viejo que aseguraba  las excelsas propiedades del barro curativo… Y claro, todos querían probar…

 

     -Dicen que se llama así porque es un ojo de mar- afirmaba muy seguro mi abuelo que viajaba adelante por el privilegio de la edad.

 

      Eso de los lugares que ocupábamos dentro de la camioneta cubierta llevaba un riguroso turno que no se cedía sin ofrecer alguna resistencia: atrás íbamos los niños, mis tíos, la abuela y alguna que otra vez mi mamá que pretendía ejercer al máximo sus derechos de bien ganancial sobre el rodado. Sobre el techo, y más cómodos que nosotros, iban los bártulos viajeros cubiertos con una lona verde por si llovía. Vaya uno a saber por qué las mamaderas de los mellizos quedaban siempre justamente dentro de las valijas que estaban precisamente en el techo. Era en ese momento cuando por mis celos y necesidad de llamar la atención empezaba a llorar porque quería un juguete que también estaba en la valija. Ni loco mi papá detendría el auto para buscar ni la mamadera ni el juguete, excepto que…

 

-Quiero hacer pis.

 

     En ese tiempo viajar a la provincia de Córdoba era toda una aventura tanto para quien manejaba como para quien era pasajero. Los caminos eran de ripio o de tierra, con alguna señalización borrosa y de vez en cuando el incipiente asfalto que se presentaba como un oasis para los conductores. El único “cinturón de seguridad” que se conocía era el de papá, amenazante en su mano desde la hebilla hasta los agujeritos -cuando mamá iba con el cuento de que me había portado mal- y que realmente daba la “seguridad” de que no volvería a hacerlo más.  Tampoco el Estado tenía muy en cuenta  la protección de los viajeros porque eso quedaba a cargo de San Cristóbal  Patrono de los Viajeros y el rosario bendecido que se colgaba en el espejito retrovisor así que ni hablar de cosas sofisticadas ni perfumitos colgantes. ¿GPS? ¿Y eso con qué se come? Con suerte una brújula o cuanto mucho preguntarle a un alma caritativa que apareciera en el camino. Sin embargo los accidentes viales eran mínimos ¡qué cosa! Bueno, al igual que la vida del país y la gente, las rutas también eran otras…

 

     Aunque el viaje era de lo más animado entre chistes verdes que yo no entendía (ni el cuento ni de qué se reían) lo mejor se ponía cuando llegábamos a la hostería porque las piernas se estiraban con la sensación de que el auto nos paría más altos de lo que habíamos entrado; entonces los chicos a jugar para no molestar y los grandes a hacer todo tipo de equilibrios hasta bajar el equipaje. Todos respiraban el aire puro cordobés seguros de que limpiarían los pulmones de contaminación citadina. Pero lo que más ansiaban apenas dejaran las valijas en las habitaciones era conocer la principal atracción: una laguna salitrosa a la cual la gente concurría convencida por la propaganda turística de esos tiempos de que el barro era curativo a todos sus males. Así untaban sus gordos, grandes, pequeños o delgados cuerpos con ese lodo saturado de olor a podrido para después secarse al sol.

 

      En mi infantil sed de descubrimiento en aquella temprana edad, donde sólo se imponía el conocimiento a través de la experiencia, yo tocaba disimuladamente esas estatuas resecas, amarronadas y con olor casi repugnante con la única finalidad de saber si estaban vivas. Tal era el asco que me producía que mi abuela encontró la excusa justa del chantaje para que me portase bien:

 

- Si no venís enseguida a bañarte te unto con ese barro y ya vas a ver…

 

     Claro, pero con el asunto de que mejoraba la piel y qué sé yo qué otras cosas más, mi mamá no tuvo mejor idea que enchastrarme hasta el cerebro con esa amalgama siniestra y como en esos tiempos no se contradecía a los mayores no me quedó otra que aguantarme y pensar en algo lindo –como ser una película de indios y vaqueros en la que John Wayne eliminaba siempre a los malos- para que todo pasara rápido. De todas maneras mucha resistencia no podía hacer porque ahí estaba sentada la abuela, contemplándome con una sonrisa más enigmática que la Gioconda anunciando con su silenciosa mueca lo que me pasaría si me negaba.

 

     En la playa se había instalado un caño, similar a aquellos que cargan agua a las máquinas de los trenes, que era utilizado por los visitantes para retirar del cuerpo ese barro reseco y las cuasi momias, entonces, regresaban a la normalidad no sé bien si por el agua en sí que les quitaba la podredumbre de encima o por la presión del agua que parecía despellejarlos en vida. También nosotros lo hicimos, algunos de los más grandes pensando que tal vez el extraño baño que quitaba el lodo también se llevaría parte de su pasado.

 

     Ese mediodía nos sentamos a almorzar con la firme promesa de mi mamá que si comía todo, en silencio y sin pelear con los gemelos me dejaría chapotear en la laguna apenas se levantara el último plato de la mesa. Los mellizos y yo parecíamos una estampita de los tres pastorcitos de Belén de lo quietitos que estábamos porque de lo contrario nos sentenciarían a dormir la horrible siesta. Fue ahí cuando la silueta de una chica de unos quince años más o menos (en ese tiempo yo solamente percibía que era más grande que yo porque no conocía de edades) quebró en dos el paisaje local al pasar a mi lado. Pero lo que me desconcertó no fue únicamente su presencia sino que mientras caminaba en cámara lenta con sus dedos me tocó la oreja derecha tan suave y despacito que me provocó una sensación desconocida, tal cual si me hubiesen rozado las alas de un ángel, de esos que siempre nos cuidan como decía la abuela. Los sonidos habituales de la sobremesa, entre cubiertos que se chocan y risas somnolientas, menguó la voz de la muchacha cuando me dijo “Chau, pendejito” así que yo solito la había escuchado.

 

    Durante esos quince días la piba ésta aparecía de la nada y volvía a repetirme lo mismo, oreja mediante. En la inocencia de mi infancia no podía comprender el significado de su saludo pero había conseguido captar mi atención para siempre.

 

    Así fue durante los próximos tres años donde el ritual de vacacionar en Mar Chiquita era directamente proporcional a la presencia de la chica del saludo. En uno de los almuerzos al aire libre, en la hostería de siempre, volvió a aparecer de la nada, volvió a pararse frente a mí, volvió a tocarme la oreja y volvió a repetirme con su sonrisita irritante:

 

    -Chau, pendejito

 

¿Pendejito yo, puta madre que te parió?- pensé

 

     No sé bien a qué ley genética, psicológica o social pertenece y obedece ese principio absurdo de tomar una prudente distancia con el sexo opuesto cuando se es chico -y que perdura hasta la adolescencia- que inmediatamente el bagaje hormonal se descarga en ataques, agresiones y humillaciones imposibles de soportar por la víctima femenina. O tal vez sea una actitud inmadura básicamente masculina que en algún momento -en el proceso de transformación en adulto- el insulto degradante se transforma en declaración de amor eterno y el empujón se convierte en caricia.

 

     La cosa es que en respuesta a su saludo poco amable le tiré con una pata de pollo que estaba terminando de comer y dio de lleno en su hombro. El certero mensaje no le causó mella como dura advertencia porque siguió diciéndome “chau, pendejito” cada vez que nos cruzamos no solamente en aquellas vacaciones sino en todas las que siguieron. Sin embargo la esperaba cada vez que con mi familia llegábamos a pasar esos quince días de gloria en la pintoresca Mar Chiquita. ¿De dónde había salido esa chica? ¿Viviría allí o también estaría de vacaciones? ¿Cómo carajo se llamaría que nunca me lo dijo y tampoco me animé jamás a preguntarle? Claro, cuando se es niño, los nombres, la edad, el domicilio o cualquier otro dato personal es un mero detalle sin importancia que ni se tiene en cuenta porque se supone, se supone, se supone, que si estás enamorado hasta los huesos te vas a encontrar con ella -con esa persona- hasta en las mismas puertas del fin del mundo o aunque se mude de barrio, de ciudad o hasta que se vaya a vivir a otro país. Cuando todo esto sucede nada pero nada es imposible porque lo único que interesa es lo que se siente, lo que se vive en medio de picardías y complicidades, lo que nos hace vibrar y el tiempo, entonces, es apenas un acontecimiento momentáneo al que jamás se nos ocurriría medir a menos que fuera con una regla o con un beso.

 

     Para 1964 la camioneta con la que viajábamos a Córdoba era la misma con la triste diferencia que ahora había un asiento vacío. Entonces el abuelo viajaba en silencio y ya no le importaba pelear el asiento de adelante con mi mamá.

 

     La hostería seguía siendo la misma al igual que los veraneantes de los que mis padres ya se habían hecho íntimos amigos de tantos años de compartir el lugar. Por supuesto que la chica seguía apareciendo con su saludito a veces irónico y a veces tierno. Ahí fue que la invité a jugar o a caminar por la playa pero la muy cretina prefirió treparse a los árboles con los mellizos que ya andaban por los nueve años. Lo único que me hubiera faltado en ese momento sería que mi tía hubiera mandado la carta a la cigüeña y que encima le contestara… Me fui del lugar pateando piedritas animado por el simple pensamiento que a la noche podría leer el Intervalo, el D’artagnan o El Tony sin que nadie me interrumpiera.

 

     Pasaron los años y la vieja camioneta quedó en  el rincón de los recuerdos y en la  puerta de mi casa un Chevrolet 400 color rojo pasó a ser el orgullo familiar en donde se podía notar claramente el avance económico, el ahorro con cada aumento de sueldo  y la buena administración de mamá aunque su marido jamás la dejó conducir. Ese verano de 1966 el auto nuevo iba a debutar en las rutas que llevaban a Mar Chiquita. La separación de mis tíos y el abuelo que se negaba a dejar la casa sola ayudó a reducir el número de viajeros. A mí ya no me interesaba ser testigo de trajines domésticos preparando valijas porque prefería llevar libros de aventuras y alguna ropa para lucir en el baile del pueblo: las peleas por los juguetes seguían siendo exclusividad de los mellizos.

 

     Durante esos dos años en lo que fue el verano del 66 y el 67 la desconocida del saludo urticante no se hizo presente. Por más que la busqué discretamente no la encontré por ninguna parte. Más aburridas se tornaron entonces mis vacaciones. Ni siquiera me entusiasmaba mirar a los que seguían untándose en el lodo pensando que curarían la calvicie o el reuma en una competencia constante contra los avances de las técnicas en medicina. Una loca carrera de cuises organizada por dos aventureros porteños fue lo único que distrajo mi atención pero lo logró apenas unas horas. Caminé kilómetros esos dos veranos consciente de que los ojos verdes se habían transformado en luciérnagas perdidas en esos parajes y que su pelo rubio y ondeado eran ahora redes en las que había quedado atrapado. El silencio de su voz era un grito en mis oídos que la extrañaban de una manera incomprensible a los que no están enamorados cuando se tiene apenas quince años.

 

     Los dieciséis años me mostraban crecido; más aún con el traje que estrenaba, única indumentaria que diferenciaba a los pibes de los muchachos. En color marrón tierra con rayas finitas en beige y zapatos haciendo juego yo posaba frente al espejo en distintas poses, ensayando el modo de cabecear discretamente para sacar a bailar a las chicas que ya caminaban hacia el club –el único- entre risas y cuchicheos de fantasías románticas. Los bailes de vacaciones en pleno enero permitían que los jóvenes de la zona y los turistas se confundieran, entre la algarabía de la música de moda, en una suerte de lazos de amistad, romances platónicos y no tanto, que prometían cartas, visitas y hasta matrimonio.

 

     Sería aproximadamente las diez de la noche cuando me dirigía hacia el galpón donde se haría el baile. El cielo se había cerrado en un abrazo negro que presagiaba tormenta; la única luz en la calle de tierra era la de los relámpagos. Un mediocre cantante se dejaba escuchar como animando a los que dudaban en llegar al lugar, con su romántico estribillo “amor de pobre no es mentira ni pecado…”. Con paso firme iba siguiendo discretamente a una piba a la que le había echado el ojo mientras hacíamos cola para pagar la entrada en la boletería y pensando que sería la primera que sacaría a bailar. Los varones de un lado y las chicas del otro mostraban una costumbre social hoy en desuso; me acomodé para ubicarla con la vista pero alguien se me había adelantado. Tendría que esperar un rato, por lo visto. Giré la cabeza hacia el otro lado para que no se me notara la bronca. Entonces todo se   hizo borroso a mi alrededor cuando la vi parada junto a la columna que sostenía la publicidad del evento pueblerino: HOY GRAN BAILE GRAN. La sangre que se había vuelto helada me refrescó el cuerpo caliente de tanto bochorno que hacía dentro del tinglado. Era ella, no cabía duda.  Sencillamente estaba preciosa, su pelito rubio ondulado y unos ojos verdes impresionantes, con una falda de volados de color negra y una blusa o no sé bien cómo se llama a esa prenda en estampado de flores rojas; la silueta entera la mostraba como una mujer completa en todos los sentidos. Me llevé la mano a la oreja pensando que si se acercaba volvería a decirme “chau, pendejito” y no se lo iba a permitir. O si. Qué se yo. De la otra piba a la que quería sacar a bailar ya no me importó. El asunto es que ella caminaba hacia donde estaba yo y apenas atiné a secar mi frente transpirada con el pañuelo que gracias a mi vieja me acordé de guardar en el bolsillo de atrás. Si digo que las piernas no me temblaban, mentiría. Temblaban tanto como mis manos cuando se juntaron con las suyas que me llevaron hasta la pista tal si fuera una orden tácita, telepática, mágica. No puse resistencia, al contrario, me dejé llevar. Toda la noche nuestros cuerpos estuvieron juntos pero no me permitió que la besara, ni siquiera cuando los “lentos” sonaban más lentos que nunca. Su boca rozaba la mía cuando su cabeza cambiaba de posición para apoyarse en mi hombro y un escalofrío de deseo estallaba silenciosamente a lo largo de la columna vertebral y su perfume, su pelo, su piel y toda ella conseguían que involuntariamente una parte de mi cuerpo la empujara suavemente cada vez que la abrazaba y a medida que la pista se llenaba de gente. Salvatore Adamo atornillaba nuestros sentidos con los acordes de “…un mechón de tus cabellos…” . Aquella noche de verano en el club ni hombres ni mujeres ni chicas ni chicos podían resistir el calor, la música, las luces de colores en suave penumbra y todo lo que eso provocaba. Yo tampoco.

 

     Nos fuimos un rato antes que la fiesta terminara, en silencio, bien agarrados de las manos por temor a que ese momento se terminara. Los pasos nos fueron llevando hasta una pequeña playa entre las rocas y sin decir nada comenzó a quitarse la ropa. Y a quitármela. No debe haber pasado más de un minuto cuando estábamos enroscados como hiedra en un tronco, en una dulce pelea de dedos que buscaban lugares en los cuerpos, que los encontraban a veces y a veces no. La impericia propia de mi edad con apenas un debut en cuestiones sexuales y un par de ocasiones más, fue disimulada por la joven que mostraba cierto conocimiento en cosas del placer. En un momento dado su cuerpo comenzó una loca carrera bajo el mío y allí entendí que las estrellas no estaban en el cielo sino entre sus piernas.

 

     Nos vestimos por pudor y porque la lluvia había dejado de ser una amenaza. En mi impecable traje a rayas quedaron restos de arena mojada y mi corbata desapareció como si hubiera tenido vida propia. El pañuelo quedó exiliado por mi propia voluntad entre el yuyal aún sabiendo que mi vieja me perseguiría averiguando su paradero porque los tenía contados. La indumentaria estaba perdida así que sabiendo eso me quedé más tranquilo tirado entre las piedras; no dije nada porque no sabía qué cosas se decía en estos casos. Ella tampoco habló aunque no sé si sería por lo mismo. Prendidos de la mano regresamos en silencio en medio de la tormenta que no cesaba en su peor demostración de poder: yo, camino a la hostería y ella quién sabe a dónde. Nos despedimos sin besarnos siquiera; ella iba unos pasos delante de mí cuando se me ocurrió preguntarle cómo se llamaba sólo por la curiosidad que me despertaba esa muchacha que durante años me torturó con su saludo en la oreja, de la que no sabía nada de su vida y que hasta hacía un rato atrás me había hecho el amor.

 

-  Roxana Sabalza Garay- me dijo sin voltear su cabeza para mirarme.

 

     Lo que restaba de la noche, por supuesto, no dormí sino que reviví una y otra vez lo que había pasado entre nosotros buscando una explicación. A la mañana siguiente pregunté en la hostería y a cuanta persona se me cruzaba si conocían a la chica. Nadie sabía de ella, pero lo que se dice nadie. Era como perseguir a un fantasma: ni rastros de ella, ni siquiera de su apellido o de su familia o de la casa que habitaran. Nada.

 

     Esa fue la última vez que viajamos a Mar Chiquita porque las siguientes vacaciones fueron en la costa, un poco por insistencia de mi mamá cansada de tanta montaña y peperina y un poco porque la moda era Mar del Plata, pero le aseguro que a lo largo de todos estos años (que son muchos ya) la busqué en todas guías telefónicas del país, que llamé a gente del mismo apellido al derecho y al revés preguntando por ella sin tener hasta hoy una mínima pista de su paradero. Ah, también la he rastreado por Facebook y en las quichicientas redes sociales que existen actualmente en Internet. Hace unos años estuve en Europa y aunque suene loco la busqué en cada pueblo y en cada ciudad que recorrí. Tampoco, nada.

 

     Aunque tuve muchos amores cada tanto ella vuelve a la memoria del corazón, a veces dudando que realmente existió y otras en la seguridad que me mintió su nombre tal vez para esto, para que no la encontrara jamás o para que la siga buscando. A la primera versión de mis sospechas, por supuesto, solamente las comparto con amigos y gente de confianza por temor a que me tomen por loco, pero les aseguro que sigo buscándola aunque no sé bien para qué o qué le diría si la encuentro. Ya sé, ya sé, es una fantasía, pero juro por lo que más quiero que cada vez que suena mi teléfono o el timbre de mi casa tengo la ilusión de que sea esta piba.

 

     No es por molestar pero si usted que está leyendo este cuento llegase a saber algo de ella o a tener algún tipo de información mucho le agradeceré que se ponga en contacto conmigo, digo, por las dudas si la ve, tiene el pelito rubio, ondulado y unos ojos verdes impresionantes, usa una falda negra, con volados y una blusa o no sé bien cómo se llama esa prenda, estampada con flores rojas. Se llama Roxana Sabalza Garay.

 

ADELA DEL VALLE LÓPEZ, ROSARIO

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