(CUENTO DISTINGUIDO CON LA 3° MENCION OTORGADADA POR LA SOCIEDAD ARGENTINA DE ESCRITORES (S.A.D.E.) DELEGACIÓN CORONDA , SANTA FE,  2012. CONCURSO "CUENTOS DE LA ISLA").

 

LA SUERTE DE VARELA

     Mucho antes de que comer pescado crudo adobado con limón fuese una novedad de los gourmets, Juana Varela ya se devoraba los pacús y los sábalos que le robaba al río Paraná tan sólo con una tacuara y un anzuelo oxidado que encontró en la arena. En realidad ni siquiera lo buscó, se lo ensartó en el talón una tarde que escapaba de la creciente. Nadie se explicaba cómo había sobrevivido al tétano pero así fue. Juana tenía una vida difícil desde los dientes de leche y una madre ajada de tantos golpes que le descargaba el marido. Cuando tuvo más o menos cinco años y se dio cuenta del padecimiento pensó que sería mejor si su papá se moría así todos quedaban en paz y no va a creer usted que esa misma noche en una pelea de borrachos el tipo murió acuchillado.

   De ir a la escuela ni hablar porque no había tiempo con tanto trajín en la rancho y el montón de hermanos que seguía llegando aún en ausencia del padre. “No importa” pensaba Juana Varela. “Si la suerte me acompaña algún día saldré de esta isla y ahí sí que la vida me va a cambiar, ya van a ver”.

   Apenas adolescente la siesta pegajosa del verano le disfrazó una historia de amor y como por brujería, supuso, la panza se le puso gruesa. Se fue al montecito a parirlo a escondidas de la madre y mezcló a su hijo con los otros hermanos. Pero claro, eso era difícil porque tenía el pelito rubio casi blanco y unos ojos verdes que parecían de vidrio como las botellas rotas que encontraba en la guarida de las nutrias. Tan blanquito el niño y ella tan morena que hasta le daba impresión darle la teta. Había salido al padre, un ingeniero holandés que trabajaba para una multinacional instalada frente a la isla. “¿Y ahora que le doy de comer a esta criatura?” se angustió Juana. A los dos meses apareció el ingeniero con su esposa y ambos le plantearon llevarse al niño a Europa; le prometieron educación, salud, mucho afecto y el juramento que cuando fuera mozo se lo traerían a la isla para que lo conociera. No lo pensó más de tres segundos: lo envolvió en una manta raída, le hizo en la frente la señal de la cruz con el agua marrón del río y lo entregó como si no fuera también de ella.

      Andaba pasando los veinticinco años cuando el paisaje tranquilo se alborotó con la llegada de un pequeño barco cargado de cámaras y de gente que vestía raro, se comportaba raro y hablaba raro. “Qué raro…” musitó la Juana y siguió retorciendo el gañote de la gallina. Estuvieron filmando durante dos semanas hasta que llegó a su rancho el mismísimo director. La miró. Lo miró. El dio dos pasos atrás y enmarcó la cara entre sus cuatro dedos y sonrió. Llamó al asistente a los gritos aunque estaba a su lado. “Es perfecta para lo que estamos buscando: rasgos aborígenes, delgada pero de caderas nobles, buenas piernas. Sacale una foto sonriendo, buscá el perfil derecho que la favorece. Parece la imagen femenina del río, de la isla, del litoral argentino. Hacele el contrato nomás y decile que mañana a primera hora la quiero en el set para que aprenda el guión ¿me entendiste? Ah, y decile también que el cheque es de cinco ceros más el porcentaje de la ganancia cuando se venda la película. ¡Y dale, che, correla que se va!”. La Juana se escapó asustada pensando que si le sacaban una foto con esas maquinitas raras seguramente le robarían el alma para siempre, como le había dicho su abuela cuando era niña. Además el cero no tiene ningún valor, se dijo también, así que uno o cinco era lo mismo. Por más que la rastrearon hasta con baqueanos, no la encontraron: la joven se había ocultado en una zona de pantanos. Temblando de frío dijo en voz alta: “Yo sé que alguna vez tendré suerte y podré irme de esta isla, que hay otra vida para mí cruzando el río y no voy a parar hasta conseguirlo”.

     Seis años después de ese acontecimiento Juana Varela terminaba de poner chapas al techo del rancho y un alambrado en el corral para que los animales no le comieran las verduras de la huerta. Pensaba que si hubiera tenido dinero la cosa hubiera sido distinta para ella porque teniendo plata seguramente se habría comprado una casa en la ciudad, una casa con jardín y huerta, bien grande. Y un auto y un vestido y una guitarra se habría comprado también. Pero, claro, el dinero no cae del cielo, pensó, y se fue a buscar leña. El sonido rítmico de su hacha sesgando el viento antes que los troncos se interrumpió con un alboroto que venia del lado oeste de la isla. Tres hombres corpulentos bajaron de una canoa, con armas en sus manos. Empezaron a discutir fuerte hasta que uno de ellos se agarró a trompadas con otro; el más viejo quiso separarlos y en pago ligó un cuchillazo en el pecho. El de bigote tomó un maletín que estaba en la canoa y empezó a correr hasta que un tiro certero lo dejó en el piso, agonizando. Con un hilo de fuerza empuñó la escopeta que cargaba y disparó al corazón de su atacante. Cuando la Juana salió de su escondite los tres ya habían muerto. Buscó la pala y les dio cristiana sepultura. Junto a los cuerpos enterró el maletín de cuero causante de la tragedia. “Mi agüela me enseñó que no toque lo que es ajeno”. Las gotas de sudor le salaban la cara mientras terminaba la tarea. Ató la canoa y arrojó al río las armas y cientos de fajos de billetes que en la pelea habían quedado dispersos por el suelo. La Juana nunca en su vida había visto dólares por tanto tampoco sabía para qué servían. Empujó su pequeño bote que salió a la deriva y se arregló el pelo con los dedos. ¡“Mirá que morirse por unos papelitos verde…! Si al menos hubiese sido dinero me habría servido para irme de esta isla…”

     Los cincuenta años se le prendieron a las arrugas como abrojos. Sus hermanos ya se habían ido hacía tiempo y de a poco la fueron dejando sola en la inhóspita isla. Ahí fue cuando empezó a sentir la ausencia del hijo, ni siquiera del padre del hijo, sino del hijo. Algunas noches se arrepintió de entregarlo pero fueron más las que no, porque lo suponía cuidado y sano. Lo imaginaba ya hombre, alto, moreno, de cuerpo fibroso y espalda generosa igual que su abuelo; por eso no lo reconoció cuando lo tuvo frente a ella esa mañana de verano en que los mosquitos picaban hasta la lengua. Lo acompañaba su padre que a la vez oficiaba de traductor. Juana tenía frente a sí a un hombrecito menudo, de piel transparente y anteojos de mucho aumento que hablaba una lengua que no entendía. El ingeniero le explicó que cumplía ahora la promesa hecha años atrás de traerle al hijo para que la conociera. El muchacho la abrazó y le manifestó lloroso su deseo de llevarla a vivir con él a Holanda, de que tuviera la vida de lujo que merecía simplemente porque lo había parido y que había esperado a ser rico para venir a buscarla. La Juana soltó una lágrima amarrada, lo bendijo con agua del río y les pidió que se fueran por donde habían venido. Dio media vuelta y se metió en el corral a pelar papas. Esa noche lloró tanto pero tanto que se le inundó el rancho. Después de todo no se equivocó demasiado con la decisión tomada porque como decía su mama “Hay que desconfiar del hombre blanco”. Confió una vez en uno y así le fue…Su hijo también era un blanco que quería llevarla a un país de blancos y encima ni le entendía lo que decía. ¿De qué iban a hablar entonces? “Si yo tuviera suerte…”

     Diez años más tarde llegaron aquellos inversores que pretendían comprarle las hectáreas de la isla para instalar un hotel, un casino y un complejo turístico internacional.  La Juana fue categórica: “Las tierras de mis antepasados jamás estarán en venta porque aquí nací y aquí me muero, don”.

     Ochenta y cinco años cumplía la Juana cuando un viento huracanado le voló literalmente el techo de chapa. Prendió un cigarro y se sentó a tomar mate. “¡Pucha digo! ¡Qué mala suerte la mía! ¡Ojalá me hubiera pasado algo bueno en esta vida! Yo quería vivir otras cosas allá enfrente, en la ciudad, cosas de mujer, digo. Ahí todo es más fácil, hasta enamorarse o tener hijos. O ser famoso o tener dinero, por ejemplo ¿Y cómo es posible que yo no tuve siquiera una sola oportunidad para salir de esta isla?”.

 

Adela del Valle López; Rosario de Santa Fe

 

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