CUENTO DISTINGUIDO CON EL 2° PREMIO DE LA SOCIEDAD ARGENTINA DE ESCRITORES, DELEGACIÓN CORONDA, SANTA FE, AGOSTO DE 2014

 

OSCAR MENEGHELLO & COMPAÑÍA

 

               Apuró el paso y cada tranco, entonces, se volvió más apretado. La bolsa que cargaba verduras hacía sentir su peso en la mano derecha; la otra se entretenía con un pañuelito que cada tanto limpiaba las lágrimas que el viento le hacía saltar de los ojos. En la esquina descansó un poco de la agitada marcha y de la carga; después se apoyó contra una pared. Ya no estaba para esos trotes, pensó, pero bueno, así es la vida. Aspiró el aire frío para despejar un poco los pensamientos, cruzó la bufanda sobre su boca y siguió caminando. Con suerte en cinco minutos estaría en su casa a tiempo para lavar la espinaca de oferta y tender la ropa que había dejado en remojo, pero antes de eso tendría que bañarse para quitar el olor a besos que traía en todo el cuerpo, el aroma a sexo apurado que se le había impregnado en la ropa, en el pelo, en los zapatos. Pensó en el coraje que tendría que tener cuando escribiera la carta. ¿Y los hijos? ¿Qué dirían sus hijos cuando se enteraran que tenía amores con el patrón de su padre? Ni qué pensar de explicarle a los nietos ¿O acaso las locuras de amor eran sólo para los jóvenes? ¿Y los vecinos? Seguramente la tratarían de puta, más aún quienes la conocían desde que se casó con el Humberto y fueron de los primeros en edificar la casa poblando el barrio obrero, pegado a la fábrica. Rufina entró a su casa y fue directamente al baño: el agua de la ducha se llevaba todo vestigio de ese ratito de afecto que había pasado con don Oscar Meneghello. Si todo salía como lo planearon, esa misma tarde escaparían juntos. A pocas cuadras él estaría esperándola en el auto. Tendió la ropa, regó las plantas, preparó la comida, puso la mesa y dejó una carta explicando su decisión: que estaba cansada de lavar y remendar después de planchar, de pasar años criando hijos que nunca le agradecieron nada, de cuidar nietos que llegaban uno tras otro, que se sentía invisible, pero sobre todo que ya no aguantaba el mal carácter del marido ni sus golpes brutales por cualquier motivo cuando volvía borracho después de gastarse la quincena en timba y tenía la mano pesada Humberto, decía en la carta. También dejó escrito que seis años atrás, cuando fue enojada a reclamarle a don Oscar Meneghello -el patrón de su esposo- sobre esos días que le había descontado por la huelga que organizó su marido, se encontró con un hombre amable, diferente a lo que le habían contado. Le dijo que no se preocupara tanto, que era una pena que una mujer tan linda se estaba dejando envejecer en silencio, que sabía que Humberto la golpeaba porque andaba siempre alardeando de eso ante los compañeros de trabajo así como de robarle herramientas que luego vendía para apostar a los caballos. Fue bueno con ella don Oscar, tanto que hasta la invitó a refugiarse en su casa una tarde lluviosa cuando volvía empapada de la feria y que si yo le contara de mi soledad desde que quedé viudo y que si encontrara una mujer como usted y que gracias por su compañía estos meses y que te quiero tanto que si vos me dejás, Rufina, yo me muero y si no nos vamos hoy te juro que lo mato. Por eso se iba. Porque se merecía vivir la vida con el amor de Oscar en esos últimos años y deseaba besos aunque estuviera cerca de los setenta pero también necesitaba acariciar con sus manos arrugadas de tiempo y lavandina. Pasó despacio la lengua por el borde del sobre y lo cerró. Se pintó los labios por primera vez en su vida, color rojo sangre, luego tomó la pequeña valija y se fue entre las primeras sombras hasta el lugar de la cita, a una cuadra de la fábrica. “Ojalá que Oscar no se demore porque siento una angustia acá en el pecho…” .

 

                  La alarma en la sección de ensambles indicaba que una de las máquinas había generado un accidente. Don Oscar estaba guardando en su maleta la chequera y su documento, casi listo para salir en busca de Rufina, cuando los trabajadores lo llamaron a gritos. Uno de ellos tenía varios dedos atrapados en la máquina y no paraba de aullar de dolor mientras el resto culpaba a Humberto porque –decían- estaba borracho y se cayó sobre la palanca causando ese desastre. Se fueron a lincharlo y don Oscar intervino en su defensa, pero Humberto ya descargaba con toda la furia una pesada llave inglesa que en la pelea dio en medio de la cabeza del patrón. Algunos de los obreros intentaron en vano contener la sangre con trapos sucios de aceite de máquina. El capataz llamó a la emergencia y a la comisaría. Cuando la ambulancia pasó rozando a Rufina escuchó al churrero gritar que el Humberto había matado a don Oscar, pobre don Oscar, Dios lo tenga en la gloria. ¿Muerto? Pensó en lo poco que pueden durar amor y libertad. Recordó la carta sobre la mesa: aún estaba a tiempo de volver, de romperla, de esperar y seguir como si nada. Hasta podría preparar unos buñuelos para mañana. No. Ahora tendría que visitar al marido en la cárcel y luego atender su vejez cuando quedara libre. Qué sola se sintió sin don Oscar, sin su amor de viejo patrón enamorado. Cruzó la bufanda sobre su boca pintada de rojo, secó las lágrimas furiosas, tiró besos al aire cuando la ambulancia pasó a su lado, sacó un pañuelito del bolsillo y empezó a caminar muy, pero muy lejos de su casa.

 

ADELA DEL VALLE LÓPEZ, ROSARIO DE STA. FÉ

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