¿LA LIBERTAD  DE LAILA?

 

     En su lengua que suena extraña en un país de habla hispana, Laila se mece suavemente, concentrada en una oración de esperanza.

 

     Un muchacho  que sea trabajador, honrado, que me  lleve de la mano una tarde cualquiera, a pasear por la plaza San Martín; no me importa su religión ni su lengua, tampoco la edad, sólo que sus besos sean dulces como las peras. No le daría siquiera un solo motivo para golpearme  porque seré diligente y sumisa, callada y obediente. Mi cuerpo le dará el placer que buscan los hombres y también tendría con dolor  los hijos que me pidiese; le cocinaría un rico  kebbe, o kharouf mihshi y savadieh bien condimentados, como me había enseñó mi madre. Le serviría té y le lavaría los pies al volver de su jornada. No perturbaría su sueño ni permitiría que sus hijos le alteraran el descanso con griteríos inoportunos. Y si no recibiera visitas aún de mi propia familia, mejor, para no ponerlo incómodo en su propia casa. Todo mi tiempo sería para él y también mis sueños más escondidos. No le hablaría más que lo necesario, como hace mi madre y como lo hicieron antes mi abuela y mi bisabuela. Recibiría a sus amigos con pequeños banquetes sin mirarlos a los ojos para no despertarle celos que no son buenos consejeros. Cuando quisiera divertirse le contaría leyendas de su pueblo o le cantaría  canciones antiguas de mi patria. Caminaría siempre detrás de él porque como es hombre sabe cuál es  el camino correcto y el  mejor para seguir y dentro de la casa lo haría sin hacer ruido siquiera para no distraerlo si está leyendo o pensando. Como prueba de amor le daría una caja de cedro que me regaló la abuela cuando dejamos Hermel, en el Líbano.

     

     A pesar de sus quince años Laila ya sabe organizar una casa, criar hijos y atender un marido porque las mujeres de la familia  la han preparado en esos temas para que sea una buena esposa y mejor madre. Ha criado a sus hermanos y ha atendido a su padre cada día de su vida así que tiene experiencia. También ha aprendido de su vecina a jugar a las cartas y a las damas, aunque aún no pudo hacer bien es  el mate, una extraña bebida c aliente que hacen los argentinos para compartir y que va de boca en boca,  pero es lista  así que en poco tiempo sabrá cebarlo como corresponde por si su marido fuera de este país.

 

     Le hubiera gustado estudiar astronomía pero eso son sólo sueños imposibles para una joven libanesa ya en edad de casarse y bastante agradecida debía estar por la noticia que acababan de darle en vez de estar mirando las estrellas como una tonta, ahora que la noche se asoma despacito, que la envuelve de penumbras en esa soledad de buenas noticias.

 

     Ahora era tiempo de pensar en su futuro y lo inmediato era un hombre como el que había rogado a Alá en un ritual íntimo plagado de compromisos.

 

   - “Un marido así quiero para mí”- pedía Laila a las estrellas que le iluminaban los ojos negros y pestañas de terciopelo, sentadita ella sobre tres ladrillos apilados en la terraza del conventillo, hundida su cara en las manos,  en una soledad íntima  de confesiones y promesas. A un costado de su cuerpo pequeño hay una carta que sujeta con el pie derecho y que cada tanto mira de reojo: el hombre veintidós años mayor que ella al que la habían prometido sus padres hacía un par de años atrás  ahora  estaba en el Líbano lejos, muy lejos y no vendría a buscarla porque dijo en la breve misiva  que era mucha la distancia a la Argentina,  así que daba por nulo el acuerdo de matrimonio  sin más, saludaba a todos deseándoles prosperidad  pero despidiéndose para siempre.

 

     En la terraza del conventillo, el gato de la casa de  al lado juega con una laucha atrapada en plena huída, bajo sus uñas. Ha ganado el felino otra vez y se ufana maullando a su presa que ha abandonado la lucha por sobrevivir.

 

     La luna en cuarto menguante parece una sacerdotisa que  escucha secretos increíbles haciéndose notar más a medida que oscurece. Abajo, en la cocina común a todos, el aroma de ajos y cebollas en el aceite crujiente se mezcla con el de las madreselvas que envuelven hasta los cables de la luz y se desenroscan como trapecistas,  cargadas de flores apenas se las toca. Todo está quieto en la terraza, menos la vida. El sonido del tranvía la distrae de sus pensamientos lejanos, de sus planes a futuro.

 

-“Alá guiará su camino y hará que sus pasos lleguen  hasta mí”

 

     Brinda al cielo con una pequeña copita que contiene arak y que sacó a escondidas de su padre, pero bien valía la pena tamaña aventura. Después de todo había un motivo para celebrar.

 

     “En este país - piensa Laila- seré  libre como una paloma”.

 

Adela del Valle López 3/08/2010

UA-21500815-2