LA JAQUECA                                                       (mariposa negra)

 

 

               El tipo sufría dolores de cabeza permanentes desde aquella vez, cuando se cayó del techo de su casa en el afán ingenuo de quitar las hojas secas del parral que tapaban la canaleta en los días de lluvia organizando en el patio un caos de tierra y agua, de pisadas que su madre limpiaba una y otra vez rumiando maldiciones a los desconsiderados autores de las huellas. Pobre mamá, pobre sus manos deshilachadas de tanto trajín, de tanto refriegue lavando ropa mugrienta y olorosa. Por ella se subió al techo a quitar las hojas, para que no tuviera que rezongar. Lástima que resbaló por culpa del barro, las zapatillas de suelas gastada y lástima también la viga del techo que no aguantó su peso insignificante por vieja y podrida y cayó de cabeza en el piso de la cocina. De ahí fue derechito al hospital: suturas, vendajes, cabeza rapada y tres meses sin ir a la escuela, lo único a su suerte dentro de semejante tragedia. La cosa es que desde ese tiempo padecía intensas cefaleas, jaquecas, migrañas y una serie de padecimientos permanentes con nombres difíciles de pronunciar. Así que mientras él crecía también el dolor lo hacía, como si fuera una entidad totalmente independiente dentro de su cerebro, con vida propia, que pujaba por salir de allí sin conseguirlo y por eso lo lastimaba, igualito a lo que pasa en los partos. Tan sólo una vez logró que las molestias se calmaran apenas un poco, sin necesidad de medicamentos: la tarde que vio a Matilde pasar por la vereda de enfrente contoneando sus caderas. Saltó de la mesa del bar como un tapón de sidra para seguirla a donde fuera porque realmente tanta hembra valía la pena. Fue allí cuando la jaqueca menguó lo suficiente como para desaparecer totalmente un año más tarde, cuando le propuso matrimonio y ella dijo que sí. Las cajitas de analgésicos, entonces, se llenaron de telas de araña. El dolor era apenas un recuerdo, una nube pasajera que aparecía únicamente cuando ella le reclamaba que no le alcanzaba el dinero que le daba o lloraba por los sueños personales que no lograba. No sabía bien si era lo mágico del amor en sí o del amor hacia Matilde o del amor que sentía Matilde por él pero lo que era seguro es que tenía por fin una vida normal como la de cualquier persona sin jaqueca. Excepto en esa ocasión en que le apareció una inesperada puntada en el lado derecho del parietal, culpa de Matilde que quería ser madre y el tipo que le dijo por fin que no quería tener hijos porque ella era la conjugación completa del verbo amar y por ese motivo no estaba preparado para incorporar a nadie que lo obligara a conjugar el verbo compartir, alegando además que su gramática funcionaba de modo perfecto no teniendo nada nuevo que aprender. En el fondo, escondía su temor a que Matilde lo abandonara por atender al hijo del mismo modo que su madre había abandonado a su padre por atenderlo a él, sobre todo en esos tiempos de largas internaciones hospitalarias causadas por las jaquecas que duraban meses y por estar a su lado hasta descuidó su propia salud. Una mañana de setiembre, mientras lo cuidaba en el hospital, la madre durmió para siempre, condenada por un aneurisma de pronóstico irreversible. Si Matilde pudiera entender que por eso no quería hijos ni plantas ni perro ni gato ni siquiera un canario, para que ningún ser vivo le fagocitara su tiempo y su afecto. Claro que a ella no le gustó para nada su decisión, entonces casi dejó de sonreírle, de hablarle, de ofrecerle su cuerpo de nido vacío en castigo por no fecundarla. Si al menos pudiera entender que por la jaqueca no podía concentrarse cuando hacían el amor y que de bronca le mordía la nuca, el pelo, la espalda, hasta llorar prendido a sus talones. Ni qué hablar de la puntada permanente que le duró meses al enterarse que lo habían echado del trabajo justamente por los dolores de cabeza que no le permitieron maniobrar correctamente la barrera siendo motivo suficiente para culparlo por el accidente del tren. Ay, Matilde querida que no entendía razones y se le escapa al baile a buscar ¿qué? ¿un negro cumbiero y desdentado que le llenara la panza de huesitos? Ninguno va a quererla como él y lo sabe bien la muy zorra, por eso se le pasea desnuda en sus narices, burlona, lejana, silenciosa, borracha, con los labios pintados de rojo rabioso, igual que ella. La noche que discutieron fuerte Matilde le advirtió que estaba tan cansada como frustrada y que no iba a tolerar más la extorsión de asistirlo en la enfermedad aunque lo había jurado ante el altar. Se hizo un puré de analgésicos, él. Un médico le ordenó estudios tan caros como complejos. Días después le confirmó que no se registraba ninguna imagen dudosa salvo una manchita en el cerebelo, pequeñísima, insignificante, con forma de hojita de parra pero que no era nada preocupante, al menos en esta etapa, ya que era normal que se le hubiera metido en el cerebro una hojita de parra el día aquél que se cayó del techo ante la mirada desesperada de la madre. Que había que esperar, le dijo el médico. ¿Esperar qué? Los dolores estaban siendo cada vez más frecuentes desde la madrugada que vio a Matilde preparar una valija a escondidas. ¿Por qué le hacía eso si ella sabía que no podía ponerse nervioso o le explotaría el cerebro? Ahora los sesos le quemaban por dentro, le hervía hasta el cuero cabelludo. Recordó la cantidad de veces que había comido seso en torrejas o a la parrilla. Seguramente los suyos estarían iguales. Sintió un asco tremendo. Cerró las ventanas, corrió las cortinas, apagó la luz del velador y se echó en la cama hundiendo pesadamente la cabeza en la almohada; al rato la arrojó contra la pared porque le resultaba incómoda, después se levantó y la trajo de nuevo a la cama, puso los pies sobre ella y dejó su cabeza colgando. Nada. El dolor no cedía ni un tranco de pollo. Apagó la radio a pilas, luego, lo aturdió el silencio y la volvió a encender. No entendía cómo a alguien le podría interesar un comentario sobre partidos de golf. ¿Dónde carajo estaría Matilde? Se levantó mareado y caminó con dificultad hacia el baño. Vomitó bilis amarga como hiel por un rato largo hasta que un escalofrío que le recorrió la columna vertebral le indicó que ya estaba, ya estaba… Se lavó la cara y brindó con una dosis de morfina, mirándose en el espejo. Pasó un rato largo hasta que vio el reloj: cuatro de la mañana y el dolor seguía sin hacer caso a nada, errante, intenso, continuo, espeso. El tipo cerró los ojos y se secó el sudor del cuerpo desnudo con la sábana húmeda de lágrimas y orines incontenidos. Si al menos estuviera Matilde le pediría que le prepare un té, pero no estaba. Otro vómito agrio lo obligó a incorporarse. Sintió frío, se acurrucó en la cama revuelta. Sencillamente estaba agotado de tanta resistencia, de tanto medicamento, de tanto desconcierto. Metió la mano en el cajón de la mesa de luz con la débil esperanza de encontrar algo que le calmara la locura que le producía la jaqueca, algo que terminara con esa pesadilla que lo perseguía como una sombra desde que era niño, algo que lo durmiera aunque fuera por un rato, nada más, porque era urgente descansar, algo potente que le borrara el dolor de oídos provocado por el dolor de muelas que le venía de apretarlas cuando le aparecía el dolor de cabeza. Lo peor de todo es que si la cosa no cambia será difícil que vuelva a encontrar trabajo. Mejor ni pensar en eso porque a su edad y sin un título será más que difícil. Si Matilde estuviera le pediría por favor que fuera hasta la farmacia, pero no viene. ¿Qué pasa que no viene? El tipo se quitó las pantuflas, las medias, se tapó con el cubrecamas y cerró los ojos bien fuertes para olvidar su ausencia, pero Matilde seguía dentro de su cabeza como si fuera un tumor. Lo miraba con lástima mientras amamantaba un niño de unos diez años. Sí. Su mujer, su esposa, Matilde, se daba aires de madonna con la mirada piadosa.
 

               Abanicaba al hijo con hojas de parra verdes recién cortadas, después se las comía ¿Y qué hacía al lado de ella ese negro cumbiero y sin dientes mirándolo con celo? ¿Por qué la abraza como si fuera su dueño? Apenas se le pasara el dolor de cabeza lo agarraría a trompadas, para que aprenda a respetar mujer ajena. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el cirujano le quitó la hojita del cerebelo? Si Dios existiera, pensó, ya le habría quitado ese malestar aunque fuera para que lo dejara de joder. No hay caso, ni la jaqueca ni Matilde se van de su cabeza. ¿Cuánto hacía que no tenía un día completo de paz, sin alucinaciones, sin confusiones, sin dolor? ¿Cuánto hacía que no dormía? Encima parece que Matilde cambió los muebles por estos de metal y la cama tan alta y con manijita y las ventanas ya no están abiertas ¿qué es lo que me das, Matilde? Volvió a buscar en la mesa de luz hasta que manoteó algo que no alcanzaba a adivinar de qué se trataba pero seguro que serviría. La jaqueca venía brava esta vez. Tomó conciencia que ya ni la morfina le calmaba siquiera un poco. Comenzó a aullar agarrándose de los pelos mojados por el sudor. Matilde seguía ahí, mirándolo con su mirada vacía y no habría Cristo que la sacara de su cerebro, eso le quedaba claro. Al menos el dolor había sido más fiel que ella. Respiró profundo, la llamó en voz alta para convencerla, para que volviera y jurarle que era cuestión de tiempo, hasta que el algia se calmara. Escuchó que alguien apagó las luces del pasillo y cerró la puerta con llave. Intentó en vano quitar las hojas secas de parra que caían desde el techo y aparecían sobre la cama, cayendo al suelo a cada movimiento suyo ¡Cómo se va a enojar mi vieja cuando tenga que barrerlas! Vio en la penumbra que Matilde se iba con el niño, atravesando la pared. Sabe que no volverá, la jaqueca sí. Mañana, apenas pasara el dolor de cabeza, se la arrebataría al negro cumbiero para siempre. Sintió que algo estalló en su cerebro y vio todo negro. Abrió el cajoncito de la mesa de luz y apretó el gatillo otra vez.


ADELA DEL VALLE LÓPEZ, ROSARIO DE SANTA FE

UA-21500815-2