LA CHUSMA ESTÁ DE FIESTA (I).

 

     La distinguida señorita María Amparo Sagastizábal Inzúa regaba las plantas que tenía en la  amplia terraza de su casa. Una Santa Rita de color rojo carmesí  brotaba  impertinente en el macetón revestido de mayólicas traído especialmente para ella desde la Alhambra; los azahares envolvían la mañana de primavera perfumando hasta la ropa tendida al sol y la añosa hiedra se aferraba a las paredes tapizándolas de verde.

     Dejó a un costado la regadera  de metal y se asomó a espiar discretamente lo que sucedía en la casa de al lado,  tan inmensa como la suya,  que llegaba hasta el corazón de manzana. Desde muchos años atrás la casona vecina era propiedad de la  familia Campomanes de la Vega, amigos de toda la vida de  sus padres, unos  asturianos ya adinerados que eran agentes  de cambio: recibían el dinero de los inmigrantes y luego enviaban esas remesas a Europa, una actividad  tan intensa como interesante que los posicionó económicamente de un modo inmejorable desde que se habían establecido en la Argentina allá por 1853. Como sucedía casi siempre con los que habían tenido suerte en América, enseguida  invertían en propiedades donde ocasionalmente habitaba algún hijo o sobrino que se casaba para mudarse al poco tiempo a otro sector de la ciudad o a otra provincia.

     Al quedar desocupadas,  muchas de esas casas se alquilaban a los inmigrantes pobres y  a los trabajadores criollos, lo que les proporcionaba una renta pura que seguía engrosando su capital. Éste era uno de esos casos de arrendamientos inmobiliarios donde los recién llegados y otros pobres de la ciudad vivían hacinados compartiendo patios, cocina, baño y todas las necesidades que suelen tener los pobres.

     La espiona recordó el pasado, cuando en esa mansión se celebraban fiestas sociales que daban el toque de distinción a quienes eran invitados a ellas., desde políticos de primera línea a intelectuales destacados, tertuliantes y artistas hasta lo más selecto de la burguesía porteña. Recorrerla en todo su esplendor fue uno de sus privilegios por pertenecer a esa minoría de elegidos. Pensó por unos instantes qué habría sido de aquellos  finos muebles, los cortinados de brocato y terciopelo, los candelabros de plata  y todo lo que la decoraba tan exquisitamente; también  quedó intrigada sobre el destino de la servidumbre impecable que los asistía a toda hora  o de los carruajes que permanecían  estacionados a un costado siempre dispuestos a llevar o a traer a los señores de la casa.

     La deprimía ver cómo ese patio solariego  -donde sus dueños hasta palmeras habían plantado para convertirlo en un espacio excéntrico que les recordara su paso por El Cairo-  se había convertido ahora en un páramo taponado de tierra donde las gallinas picoteaban el poco verde que quedaba y los perros dejaban sus heces y las  molestas pulgas en cada rascada. En el lugar donde hubo alguna vez una pajarera con aves exóticas ahora se instalaba un aparejo para cardar lana de colchones viejos. Ni qué decir de los vitreaux que fueron el antojo de la señora Campomanes de la Vega convertidos en simples vidrios rotos de tanto portazo y maltrato. Las puertas de roble estaban ahora pintadas del color que eligiera el inquilino sin ningún criterio más que el mal gusto por la selección cromática y las paredes mostraban el revoque caído por el descuido, la dejadez y los embates de muebles en tantas mudanzas como si  ellas mismas hubiesen sido parte de algún bombardeo.

-Mire un poco qué desfachatez tiene esta gente. Años viviendo en esa casa y ni son capaces de darle una mano de pintura a las paredes… ¡mugrientos!… se nota a la legua que nunca han vivido en un lugar con estilo… ¡chusmas!…pasan el trapo mojado con lejía  a  esos pisos de pinotea de primera calidad…no, señor, si es como yo digo, no saben apreciar lo bueno, claro que no. Díganme si no son unos cretinos que habría que echarlos a patadas…

     María Amparo tenía por costumbre hablarle a  interlocutores que por supuesto,  no existían  -al menos físicamente o en la vida real- , una suerte de acompañantes invisibles  pero de los que estaba  segura   le darían la razón, como siempre. Bajó la escalera  con mucho cuidado y ya en el patio siguió refunfuñando.

-No sé qué les pasa a las margaritas que este año tardan tanto en florecer. A los de al lado les crece como yuyos y estoy segura que ni agua les echan y yo que hasta les hablo  no consigo ni una para ponerle a la virgen. ¿Se dan cuenta cómo es de injusta la vida, que Dios le da pan al que no tiene dientes?

     Aunque era setiembre y faltaba para el verano  ese mediodía hacía demasiado calor para cocinar así que se puso a comer frutas  en una mesa de mimbre que tenía en la galería, donde  todavía corría algo de aire fresco. Mientras pelaba una naranja miró los helechos que colgaban de los porta macetas que pendían de las vigas. Las hojas casi le rozaban la cabeza y brotaban como desperezándose todo el tiempo, estrenando un verde nuevo que hasta daba ganas de morderlo.

-Estos sí que no dan trabajo.

     De la casa de al lado se escuchaba a las madres llamar a los hijos para comer,  el golpeteo de la puerta principal que se abría y se cerraba recibiendo a los hombres que venían de trabajar, el chirlo en la cola  al   crío desobediente, la tos de algún enfermo o las típicas peleas de vecinas para ganar un palmo en la soga de tender ropa.

-Ni siquiera dejan dormir la siesta en paz con el calor que hace. Entre el olor inmundo de esas salsas, esas sopas y el griterío…qué condena la mía vivir justamente al lado de la chusma…porque si vivieran en algún barrio alejado vaya y pase, pero que estén en pleno centro…bueno, esto ya es un insulto a la gente como uno…Cómo quisiera que llegue el verano de una vez por todas porque en primavera hace dos días de calor y dos de frío, tres de lluvia y tres de sol y una no sabe qué ponerse, cómo vestirse...me pongo el saco, me quito el saco…en cambio en verano es mejor, lástima los mosquitos.

     En el conventillo la tarde transcurría entre mujeres que cantaban, hombres que martillaban, parejas que discutían y chicos que jugaban en la vereda.

     María Amparo corrió la cortina de encaje francés y miró hacia afuera. Ahí estaban otra vez, divirtiéndose entre ellos  con un aro de metal  y una vara. Eso era el colmo de la insolencia y la mala educación. Abrió las persianas del balcón que daba a la calle y les gritó:

-Vayan a jugar a su vereda, atorrantes. Siempre molestando a la gente decente están. ¡Vagos! ¿Por qué no se ponen a estudiar en vez de estar ahí sin hacer nada útil? Y si la cabeza no les da  para estudiar pónganse a trabajar.  ¡Vamos, a su casa he dicho y no los quiero volver a ver jugando en mi vereda! ¿Entendido?

     Las criaturas se quedaron mirándola, con las mejillas encendidas por el correteo inocente y el bochorno del reto.

-¡Andrajosos! ¿Qué me miran tanto?

     No sabía María Amparo que los niños no entendían el idioma porque eran extranjeros, algunos recién llegados. Sólo querían jugar y para eso no hacía falta hablar la misma lengua, ni siquiera la argentina. Eran  criaturas que habían viajado meses en la  3º clase de algún barco de esos que llegaba a las costas  del Plata  cargados de inmigrantes, despojados de afectos que dejaron en los puertos, de pertenencias que no pudieron cargar en los baúles y donde su sueño inmediato era jugar. Pero aunque no entendían el español sabían distinguir el sonido del desprecio y el autoritarismo, como cuando subieron al barco… y cuando bajaron también. Les quedó claro que en esa vereda no podían jugar; levantaron el aro y la vara y se metieron en la casa de inquilinato,  asustados y  sin risas.

-A estos mocosos de porquería  hay que tratarlos así, con rigor,  a ver si aprenden buenos modales dijo María Amparo a su interlocutor imaginario, seguramente del mismo abolengo que ella-.  Lo que pasa es que los padres son tan brutos que poco es lo que les pueden enseñar. Casi seguro que ni ellos mismos fueron a la escuela. ¿Las mujeres? Todas sirvientas por hora ¿los hombres? Todos obreros. ¿Y los demás? analfabetos. Entonces ¿qué se puede esperar que salgan esos chicos? Salvajes, nada más, salvajes como animalitos. A veces hasta lástima me dan. Pero acuérdese lo que yo le digo: estos chicos terminan siendo todos delincuentes, ni más ni menos.

 

 

     La noche de ese sábado de noviembre se desgranaba entre  música y  risas. Tanto movimiento de gente que entraba y salía la puso inquieta; optó por  ponerse una bata y subir a la terraza para enterarse de qué se trataba tanto bochinche, aunque la excusa  para subir  fue la de  regar los malvones y los junquillos.

     En el patio del inquilinato los recién casados bailaban un vals ejecutado por la vieja acordeón de don Grimaldi. En las paredes habían clavado corazones hechos en papel coloreados de  rojo con flechas que los atravesaban y con las iniciales de los novios en tiza blanca.

-¿No le digo? Encima se casan con el primero que encuentran ¿cuántos años tendrá esta chica? ¿16, 17? Después  se llenan de críos y yo tengo que aguantar el llanto…no sé para qué traen hijos al mundo cuando no tienen ni dónde caerse muertos…parecen conejas, un hijo atrás del otro ¿para qué? Es lo que me pregunto yo…para molestarme a mí, nada más que para eso. Mírenlos cómo bailan…no sé de qué estarán contentos porque si me dijeran que viven bien…pero no, ahí están todos amontonados en una pieza como los piojos…yo no sé cómo pueden vivir así, no sé…porque si me pongo a contarlos creo que llego a los ochenta o más…pero a ellos les gusta  ese modo de vida con tanto libertinaje  y yo acá haciéndome problema… ¿no le digo? Ahora a la vieja aquella se le da por cantar…no escucho bien desde acá pero me parece que la canción dice que extraña su tierra…”torna a Sorrento”...claro, en Italia está Sorrento…y si tanto  extraña a Sorrento ¿por qué no se vuelve, digo yo? …bueno, lo que faltaba… esto va de mal en peor…esos que entraron recién vienen con una guitarra y un bombo…La policía es la que  tendría que venir ahora mismo y prohibirles que hagan fiesta. Ya veo que esta noche no me van a dejar dormir porque por lo que veo esto termina a la madrugada… ¡gentuza! …un día de estos me van a encontrar enojada y ni quiero pensar  lo que va a pasar…ya van a ver…Ojalá en este mismo momento se largara a llover a cántaros así se van todos a dormir.

 

     Toda la semana llovió sin parar.

-Pasan y pasan y pasan por mi vereda y me la dejan toda sucia de barro. ¿Ustedes se piensan que a alguna mujer del conventillo de al lado  se le da por venir a limpiarla? No, que va…Y así estamos…Con gentuza como ésta el país no se va a hacer grande, al contrario. Y lo peor es que se mezclan con los de acá… ¿cuándo dejará de llover?...las azucenas están ahogadas ya de tanta agua y de los crisantemos mejor ni hablemos…con suerte se me salvan las calas…hablando de calas…podría cortar algunas para llevarlas al cementerio pero con esta lluvia… ¿Escuchan? Ahí están otra vez peleando los del fondo. ¿Cuánto hace que se casaron? ¿Una semana? Ni le cuento lo que va a ser cuando lleven diez años. Estos se creen que el amor dura toda la vida… ¡qué sabrán ellos lo que es el amor!…mejor me pongo a plantar las fresias en otra maceta o se van a pudrir en la que están.

 

 

     La misa duró más de lo pensado y María Amparo esperó a que el sacerdote se desocupara de la última confesión para hablarle en privado. Acomodó su mantilla negra en la cabeza, se inclinó y besó la mano del hombre. Mientras las solteronas insistían a los feligreses para que dejaran unos centavos en la cesta de limosnas se sentaron en uno de los bancos de la iglesia a conversar. La mujer sacó un sobre de papel de su cartera y se lo entregó. El cura ni miró el contenido.

-Hija mía, tú sabes cuánto te agradece el Señor el donativo de cada mes. Por eso cada domingo encomendamos el descanso eterno del alma de tus difuntos padres y que Dios los tenga en su seno in nomine pater, et filii  et espíritu sanctis.

-Amén. Gracias por recordarlos, pero bien sabe usted que es mi obligación como cristiana, Padre Renom y  mientras yo viva ese dinero va a estar siempre a disposición de esta santa iglesia  que ha acompañado casamientos y bautismos de mi familia… bueno, y también la extremaunción que dicha por usted, vamos…

-Ya, hija, te agradezco el cumplido, tu visita que siempre espero con ansias y los claveles para Nuestra Señora de la Piedad, pero no olvides que nos queda pendiente una charla para saber qué destino le darás a tus bienes cuando el Señor te llame a su reino y allí , ya lo sabemos, nos vamos sin nada, todo queda acá. Sé que es un tema, digamos, incordioso, pero necesario y que sobre todo te llenará de paz el alma bienaventurada y generosa que tienes. Recuerda que muchos sacerdotes llegan a la vejez y necesitan un lugar donde descansar sus pobres huesos  y la casa que tú tienes pues, sería ideal para esa obra de caridad,  un gesto oportuno  y magnánimo  de tu parte  que bien   podría perdonar todos tus pecados, si es que has cometido alguno, claro. Por eso eres la hija predilecta de Dios en este mundo mezquino. Pero, hija mía, Él te ha elegido y espera que tú lo elijas  cuando hagas el testamento.

     Por primera vez la mujer se dio cuenta que rondaba los setenta años y pensar en su testamento era algo que no tenía incorporado a sus planes más urgentes. No había quedado nadie a quien dejar sus bienes. Besó la mano del cura y se fue hacia su casa, herencia de sus antepasados patricios que ostentaban el abolengo que habían traído desde España. El negocio textil  de su familia había dado  frutos primero en Europa y   aquí sus telas se vendían en todo el territorio argentino por la buena calidad, variedad de texturas y buen gusto en el diseño tanto como en el  colorido. De prósperos comerciantes a diligentes políticos sólo quedó un paso y las sedas y brocatos se mezclaron con cargos relevantes en el gobierno de turno o en puestos estratégicamente elegidos.

     Mientras quitaba los pulgones a los amarantos  pensó en esos tiempos donde pasear por las calles era un placer y los encuentros en la plaza eran el ámbito propicio para charlas de mujeres y de relaciones interesantes con el sexo opuesto, aunque fuera bajo la atenta mirada de las madres o de las ayas.  Se recostó en su mecedora  y abrió el abanico con un estilo que mostraba su abolengo en ese simple gesto. En ese tiempo la chusma de inmigrantes no había infectado la ciudad como sucedía ahora, cuando estaban a días de entrar a 1866.

 

 

     Hormigas.

-¡Mire cómo me han dejado las rosas! …dan lástima. En esta casa no hubo hormigas hasta que llegaron los de al lado, esa chusma mugrienta y mal hablada. Encima el gobierno sigue estimulando la llegada de esta gentuza. Ya ni se puede caminar por las calles porque una se los choca por todas partes y ni disculpas  piden  de tan  groseros que son, como si todos acá fuéramos iguales.  Ni en la propia casa se puede estar ya tranquila con tanto batifondo que meten. Van y vienen, vienen y van, entran y salen, gritan, cantan, lloran. Así no se puede vivir, claro que no. ¿Querían inmigrantes? Bueno, ahí los tienen. Lo peor de lo peor vino en los barcos. Lo peor, sí, señor. Otra cosa fue cuando llegaron los primeros, como era el caso de mi familia y otras más del estilo. Esa sí que era gente civilizada, gente culta, educada, pero éstos…Dios me libre y me guarde de tenerlos tan cerca… Malditas hormigas…

     María Amparo seguía echando agua caliente en el hormiguero y a lo largo del caminito que habían hecho las negras visitantes que no cesaban en su continua carga de hojitas tiernas.

-Parece que los gladiolos se salvaron  de milagro pero el geranio está ahí nomás de que se lo devoren. No veo la hora que se pase el verano así deja de molestar tanto bicherío. Dicen que los del conventillo de acá al lado hasta ratas tienen y que por eso todos tienen un gato en la pieza. No es que a mí me guste andar espiando pero lo que quiero ver desde acá es lo que han hecho en el patio porque me contaron en la iglesia que andan de puro preparativo por la navidad.

     La mujer se asoma y desde donde está tiene un paisaje confuso de personas que andan de un lado a otro juntando mesas y sillas, poniendo papeles de colores a modo de manteles, acomodando platos y ramitos de flores arrancadas de las macetas como centro de mesa.

     La navidad se iba asomando minuto tras minuto y al caer la noche las panderetas y el acordeón de don Grimaldi encerraban los festejos con tarantellas que invitaban a bailar al lado de la mesa. Desde el fondo venían las mujeres con fuentes repletas de empanadas criollas que quemaban  hasta los dientes de los angurrientos que se apresuraban a comerlas. Los aplausos no se hicieron esperar cuando se sirvió el típico asado que se compartía entre todos. El vino mojó los manteles de papel  y los vasos viajaban a las bocas de los hombres que brindaban por cualquier motivo entre risas y charla.

-¿Ven lo que yo digo? Son todos unos borrachos. No, si yo no me equivoco…. Pero lo peor de todo son las mujeres que andan saltando con esa musiquita ordinaria. ¿Oyen bien? Ahora se  ponen a cantar y esto no termina más. Ya son las once menos veinte de la noche y hay que esperar más de una hora para festejar la navidad. No, señor, otra noche sin dormir por culpa de la chusma que está de fiesta yo no me voy a pasar, no, señor. Ahora mismo voy a ponerlos en su lugar.

     Bajó malhumorada de la terraza llevándose por delante una rama descolgada de la dama de noche que abría sus flores cuando salía la luna.  Puso camelias  recién cortadas en el  florero  y encendió unas velitas que ubicó en el pesebre que posaba en un mueble al lado del balcón que daba a la calle. Antes de salir se miró en el espejo del vestíbulo  y se acomodó las peinetas para emprolijar el pelo ya canoso. Sacó afuera de su blusa la cadena con el crucifijo de oro y plata y se encaminó al inquilinato con su porte aristocrático que le venía de cuna.

     La puerta estaba abierta, como siempre, así que  atravesó el largo pasillo hasta entrar al patio. Por lo que notaba, habían puesto más adornos desde que los había estado espiando en  la terraza: banderines de tela  hechos a mano  simulando las banderas de distintos países, guirnaldas de colores, tiritas de papel que pendían de  la soga de tender la ropa y mantones españoles que estaban sujetos por clavitos a la pared despintada. Pensó que con su sola presencia se quedarían todos en silencio pero no fue así: siguieron cantando como si nada porque estaban tan contentos que ni repararon en su llegada. No le quedó más remedio que saludar con su tono autoritario:

-Buenas noches

     Todos se volvieron hacia ella y las voces se fueron acallando. Don Grimaldi dejó su acordeón sobre el piso  y se puso de pie al igual que el resto de los hombres, a modo de saludo y de respeto.

-Bona note, siñora, avanti, per favore.

-¿Perdón? – dijo María Amparo que no comprendía el idioma en el que le hablaban.

     Se adelantó Roberto Aguirre, un empleado ferroviario solterón que se apuró a extenderle la mano al tiempo que le decía que el señor Grimaldi la había saludado y la invitaba a pasar pidiéndoselo por favor.

     La aristócrata no podía creer lo que escuchaba. ¿A quién se le podía ocurrir que ella iba a estar ahí con esa gentuza ignorante que comía empanadas grasosas con las manos? Y encima el tipo ése que tenía el tupé de extenderle la suya como si ella fuera igual que ellos. Por supuesto que no iba  dársela, que ni se las había limpiado con una servilleta siquiera. ¿Y si le dejaba olor a grasa de empanadas  en las manos? No, ni loca.

     El señor Aguirre, que poco conocía de los modales y las  buenas costumbres del abolengo, no sólo extendía su mano sino que buscó la suya y la estrechó. María Amparo se sorprendió de no retirarla, quizás porque era la primera vez en su vida que tocaba las manos de un obrero, ásperas, callosas, pero cálidas. Sin más, el resto de la concurrencia la empezó  a saludar como si la hubieran conocido desde siempre. Después de todo, pensaba, es de buena educación responder al saludo aún siendo el mismísimo enemigo, como era esa chusma.

-Disculpen la hora pero venía a recordarles que soy la dueña de la casa de al lado y sería de mi agrado que no permanezcan hasta altas horas de la madrugada con  festejos  tan    escandalosos   porque perturban  a mis invitados con tanta bulla. Tengo la mesa servida lista para el banquete de navidad y he tenido que dejarlos para venir a notificarles tanta  molestia. Yo entiendo que ésta es una noche especial pero como católicos que son deben entender que es también una fiesta de recogimiento. Y además, con tanta música que tocan  se nos hace imposible conversar. Bien, espero que se respete mi pedido y que lo tengan en cuenta en cada fiesta que celebren, que por lo que veo son bastante seguidas muy a mi pesar. Si me disculpan, tengo gente que atender. Buenas noches.

 

ADELA DEL VALLE LÓPEZ, 29/11/2010

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