NO ME LLAMES EXTRANJERA

 

 

   Enfrentarse a la llegada del extranjero era todo un tema. Incluso para los mismos que habían llegado antes.

 

   Descubrir sus gestos, su modo de hablar, sus costumbres, su gastronomía, su indumentaria, su historia, su idioma, ya generaba cierta curiosidad poco disimulada.

 

   A medida que se conocían -sea en el lugar de trabajo, en el mercado, en la plaza o en la casa de inquilinato- lo que venía después de las primeras charlas (sobre todo la primera) era la presentación con nombre, apellido y lugar de origen:

 

   - Asunta María Annunziata Stringhetti viuda de Caccopardo, de Catanzaro, Italia.

 

   - María  Angustias de la Dolorosa Fernández Naranjo de  Heredia,  de  Almería,  al

     sur de España

 

   - Zoraida Amira Abbu-Abbarah, esposa de Khaled Mohallem, de Damasco, Siria.

 

   - Milagros de la Merced Bergantiño Fidalgo de Gurriarán Iglesias, de  Pontevedra,  

     Galicia.

 

   - Carmen de la Iluminada Encarnación Casals Font, de Catalunya.

 

   - Inmaculada Concepción de la Macarena Collado Carrizo, de Madrid.

 

   - Santina de Covadonga  Quiñones Suárez de Cabrales Tuñón, de Gijón, Asturias,

     al norte de España

 

   - Sarita Raquel Levi, de Polonia, sí, judía.

 

   - Myriam Ruth  Abraham de Levi, mucho gusto.

 

   - Carmela Anunziata Caperoni de Scapini, de Nápoles.

 

   - Esperanza Argentina Nepomucena  Ojeda,  de  Corrientes,  Argentina,  ch’amiga,

     solterita y sin compromiso.

 

   - Filomena Salvatora Mastrogiussepe de Rocatagliatta, de Campobasso, Italia.

 

   - Dolores Remedios Oviedo Flores viuda de Aquilín Rivero  Cañizares, asturiana de

     nacimiento.

 

   - Begoña de Jesús Barroetaveña Echegaray de Echarri Aibar.

 

   - Natividad Mafalda Machuca, de Tafí Viejo, provincia  de  Tucumán,  juntada  con

     Nicanor Oliva, también de Tucumán.

 

   - Sinforosa Anacleta Mármol de Tejada, de la provincia de Córdoba, República Ar-

     gentina, pa’ lo que guste mandar.

 

   - Angiulina Catarina Caccaruzzo viuda de Turi D’Alessandri, de Sicilia

 

   La italiana no podía recordar o mal pronunciaba los nombres de las españolas, a las españolas les pasaba lo mismo con las judías y las árabes y sirias no podían pronunciar ninguno. Ni qué decir de las argentinas que tenían que asimilar tanta lengua extranjera sumado a los regionalismos propios de los migrantes de otras provincias.

 

   Era como vivir en la torre de Babel pero en el culo del mundo.

 

   Las identidades tenían estrecha relación con el nombre y la nacionalidad, todos diferentes y complejos, extraordinariamente extensos, que de algún modo dificultaba las relaciones entre vecinos. Sin embargo algo los caracterizaba, les daba un punto de coincidencia: eran extranjeros, inmigrantes o nacionales, pero pobres. La pobreza era el asunto en común que invisiblemente los unía. Por tanto había que vencer la lengua y el idioma para que los vínculos se estrecharan con el afán de enfrentar la adversidad que se les ponía por delante.

 

   Así fue que los apodos fueron reemplazando esos nombres extensos y complejos y nacieron las Totas, las Pochas, las Titas, las Cholas, las Lita, las Lina, las Porotas, las Chonas precedidas por el circunstancial “doña”.

 

   En otros casos la nacionalidad y el oficio fue el modo de identificarlos, de individualizarlos a pesar de que con ese mote se lo generalizaba: el turco de la esquina, el tano verdulero, el gallego del almacén de la otra cuadra, la gringa, el vasquito lechero, la viuda del judío, el negro cordobés, la tucumana que trabaja de sirvienta en la casa del doctor…

 

   Mujeres, muyeres, mulleres, minas, donne.

 

   Como pudieron construyeron la forma de nombrarse, de identificarse, de conocerse, de quererse. Se integraron a la ciudad, al país, a la América lejana. Vencieron casi sin darse cuenta, la barrera del idioma y tal vez sin saberlo se perpetuaron en el tiempo, imponiendo esos apodos como una moda que duró décadas. Hoy casi nadie los conserva porque suenan antiguos, obsoletos, pasados de moda. Huelen a naftalina. A lo sumo al escucharlos vuelve a la memoria alguna tía, o una madrina de bautismo o a la vecina que quedó saludando cuando partía el camión de la mudanza y pasaba a ser ahora un borroso recuerdo.

 

   Aún existirá alguien que recuerde a su abuela o a su madre golpear en la puerta de la vecina para pedir de favor:

 

   - Doña Pocha ¿me prestaría una taza de harina hasta mañana? Apenas cobre mi marido se la devuelvo. Lo que pasa es que en la fábrica están de huelga y al que no va no le pagan…

 

    - Doña Tota, yo sé que es la hora de almorzar, pero ¿no le curaría el empacho al nene que está con dolor de panza? Y si no es mucha molestia, cúreme a mí el mal de ojo que ando con un dolor de cabeza que ni le cuento…

 

  - ¡Doña Porota, véngase para la esquina que a su hijo lo están agarrando a trompadas para sacarle le pelota! ¡mire si serán brutos para jugar un partido de fútbol!...

 

   - Doña Tota, no es que yo sea chismosa, pero para mí que el hijo del judío fue el que embarazó a la sobrina de la correntina…

 

   - Doña Ñata ¿me mira la nena un ratito que voy a la feria y vuelvo enseguidita? y si llora, póngale el chupete…

 

   - Doña Chola, soy yo, la hija de la gringa. ¿Me puede prestar el teléfono para avisarle a mi papá que mi mamá está por tener a mi hermanito? Ah, y dijo mi mamá que Dios se lo pague…

 

   - Doña Lola, dicen que usté lee las manos y yo quería saber si me caso con el Negro…

 

   - Doña Negra, no lo tome a mal, aquí le dejo un guiso de lentejas para que comparta con sus hijos. Mañana a lo mejor me sobran unos fideos y se los traigo y no se preocupe, lo que pasa es cuando los hombres toman, a veces se les va la mano y una siempre está en el medio…

 

   Fueron poblando el aire con sus nombres, nombres de mujeres que parieron argentinos con sangre mezclada de otros pueblos, muchas de ellas analfabetas pero conocedoras del ahorro y la economía hogareña; psicólogas sin título que terminaban el capricho de los niños con un chirlo en la cola; maestras ignorantes de las letras pero seguras de la oportunidad de sus hijos de estudiar gratis en las escuelas públicas; artesanas perfectas del remiendo en las sábanas gastadas y ruedos invisibles que disimulaban el avance del tiempo; hacedoras de destinos que soñaban amores de radionovela; escritoras de puño y letra de cartas mentirosas a la familia lejana jurando que todo estaba bien; hadas reales que convierten papas hervidas en manjares; pitonisas improvisadas al momento de notificar la muerte en la otra patria; semillas fecundas aún en la madurez; médicas sin diploma que ayudan a parir o a quitar el dolor de oídos con alcohol; organizadoras precisas de bodas urgentes; peregrinas de sueños con los ojos abiertos; relatoras constantes de leyendas de sus pueblos; escribanas imparciales en circunstancias complejas; viajeras incansables sin moverse de sus sillas; modistas de trapos viejos convertidos en vestiditos de comunión; banqueras de la pobreza sin más interés que la sonrisa tranquila de la beneficiada; administradoras de la miseria y bolsillos vacíos; vecina de al lado siempre proveedora a los demás de lo que no tiene ni para sí; guapas anónimas de todos los confines  donde el dolor propio se finge bajo la sonrisa; mujeres con aroma a chacareras, tangos, tarantelas, chamamé, sevillanas y estrellas de David.

 

   La Historia tiene una deuda pendiente con ellas, claro que sí. Han quedado sumidas en el silencio profundo del tiempo, manoseadas por la desidia de los autores que las citan en el montón de inmigrantes, que siguen allí sin identificación, descoloridas por los años hasta ser apenas una mancha borrosa en hojas amarillentas de algún registro de estadísticas. Al hablar de emigrantes casi siempre se hace referencia al varón y las circunstancias de lo masculino (por ejemplo, justificar su concurrencia a los prostíbulos); también se refiere al hombre cuando se habla de su presencia en los diferentes ámbitos laborales o políticos. Las imágenes fotográficas o pictóricas muestran una población masculina descendiendo de los barcos e ingresando a las fábricas pero poco se habla de las mujeres que viajaron acompañando a los hombres de la familia para ocuparse de sus necesidades, de las que viajaron solas, de las que vinieron para casarse, de las casadas que se embarcaron con sus maridos e hijos o de las casadas que llegaron años después al país para reunirse con un esposo que muchas veces ya era un desconocido. Versiones locales rescatan en parte la historia de estas mujeres, incluso las que se quedaron en su lugar de origen, pero poco es lo que se cuenta de ellas y de sus vidas.

 

   También la Iglesia les debe y mucho, pues para la canonización de santos se requiere de la realización confirmada de dos milagros (uno solo en el caso del mártir). Entonces ¿cuántas santas faltan en la lista cristiana? ¿O dar de comer a toda la familia habiendo sólo cuatro papas no fue hacer un milagro? ¿O cargar en brazos al hijo enfermo durante veinte, treinta cuadras hasta el hospital no era un martirio? ¿Y atender a los cuñados solterones, a los suegros viudos y a cuanto familiar enfermo circulaba cerca no fue otra forma de milagro diario? Sin embargo, la Iglesia no las nombra ni por el nombre ni por el apodo. Las ignora. Las torna invisibles. Les da la comunión un domingo y dice en el sermón que en nombre del amor y de la familia deben sacrificarse hasta el último día de sus vidas porque es su deber de mujer y les enseña a no ser desagradecidas por lo que Dios les ha dado y les ha encomendado cuidar de las tentaciones de Lucifer. Después de todo ya está Santa Rita, Santa Teresita, Santa Margarita y otro montón de mujeres de otros tiempos que no son éstos, precisamente, los de emigrar. Para esas santas, las velas y las estampitas, para las mujeres simples, la foto que llegará por barco en un par de meses, mostrándola seria, sonriente, con preñez, con hijos, con luto, con nietos, pero tal vez allá, tan lejos, ya no hay ni quien las mire o quien las reciba.

 

   Debiera existir calles, plazas, escuelas, ciudades, aeropuertos que lleven por nombre esos apodos argentinos, apodos que marcaron la historia de los barrios en un tiempo que se ha ido en un país que ya fue, por el simple hecho de agradecerles haber existido y para que esas mujeres de nombres extranjero no caigan en el polvo del pasado que con el tiempo cae irreversiblemente en el olvido.

 

   Mujeres anónimas que hicieron del mantel su bandera y las sábanas fueron su patria.

 

   Gracias a las Tota, las Pocha, las Lola, las Nina, las Negra, las Porota, las Toti, las Niní, las Mimí, las Coca, las Yiya, las Tati, las Tita, las Polola, las Meme, las Chichi, las Chola, las Nené, las Titina, las Pola, las Pepa y tantas otras  que prestaron a otras las monedas para llegar a fin de mes; que golpearon la puerta en el momento justo para que el tipo no siguiera pegándole a la vecina de la pieza de al lado; por la teta complaciente de buena leche que compartió con el hijo de la gallega que nació antes de tiempo; por ser custodias permanentes de su lengua y su dialecto para evitar que muera en tierra ajena; por las canciones de cuna y de navidad; por la risa cuando se mojaban con agua en el carnaval; por perdonar las travesuras infantiles; por la pelea infaltable con la encargada del inquilinato a la hora de la siesta; por subir el volumen de la radio para que todas escuchen la novela de la tarde; por esa mirada que no se terminó de acomodar porque insiste en buscar montañas donde hay calles con tranvía; por lavar pecados con otros pecados a escondidas de Dios porque otra boca que alimentar ya es imposible; por olvidar sin dejar de recordar, con los ojos cerrados, el lugar que se dejó.

 

   Gracias por hablar en argentino; por correr los muebles del comedor y hacer espacio para el velatorio del vecino que no tenía a nadie; por convertir los campos de ortigas en campos de trigo; por los chismes mientras se barre  la vereda; por el amparo al desamparado de todo, que bajaba de barcos y trenes; por ser andariegas de caminos nuevos, sembrando hogares a lo largo de la patria; por ser refugio silencioso de maridos candentes; por la risa; por el sonido de los cubiertos al ponerlos sobre la mesa; por las lágrimas; por quedarse; por volverse; por soportar; por esperar lo que viniera. Gracias por prestar esa taza de harina que mezclada con sal y agua fueron el pan que se comió en la mesa de la familia vecina.

 

     Gracias por adueñarse de un apodo que las distinguió y les dio una identidad construida entre todos aún hasta su muerte, porque en los avisos fúnebres, al lado de un nombre desconocido para casi todos, de escritura complicada a veces y apellido ajeno al oído, figuran entre paréntesis el modo cariñoso con el cual se la llamaba, se la conocía. “Pero mirá vos… murió doña Tota ¿te acordás de doña Tota, la que curaba el empacho? sí, la gringa que tenía la verdulería en la esquina… No sabía que doña Tota se llamaba Restituta Hermenegilda Aparecida…Menos mal que en el diario aclararon quién era que si no, ni nos enterábamos, pobre doña Tota, Dios la tenga en la gloria…”.

 

     Gracias por encontrarse ese apodo exacto y perfecto, adecuado y sencillo, para que al menos en esta patria no la llamen extranjera.

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