EL HOMBRE DE LA CASA YA NO ESTÀ

 

   “En toda pérdida hay una liberación” dice el refrán popular.

 

     Pero las libertades adquieren su máxima expresión cuando hay opciones de elección. ¿Sirve de algo la libertad cuando no se puede elegir? ¿Podían estas mujeres de emigrantes gozar al menos de una opción acorde a lo que deseaban para sus vidas en la sociedad patriarcal a fines del siglo XIX y primera mitad del XX, época de firmes tradiciones, de sólidas convicciones arraigadas donde de ser hija se pasaba a ser esposa, luego madre y abuela sin siquiera desearlo o sentirlo?

 

     Será que las mujeres nacemos con el tiempo expropiado, como si fuera parte de un patrimonio masculino, segmentos invisibilizados de un plan que nos precede desde siglos, reafirmado en las costumbres sociales, las leyes incompletas o ausentes y también la religión, una red perfecta y universal cuya esencia persiste en la actualidad . En ellas descansa ufana la seguridad de que coexistan sometedor y sometida, disciplinador y obediente, de maestras y discípulas: estamos hablando de un mundo masculino que plasma y dispone sin resistencia en el femenino, ancestralmente perjudicado por estas pautas que van reproduciéndose de generación en generación y en la mayoría de los casos de mujer a mujer.

 

     El hombre define claramente con sus actitudes el espacio público sin límites en el que se mueve a su antojo, imponiendo sus reglas y sus tiempos; y un espacio privado y doméstico -claramente delimitado- reservado para las mujeres. El cinturón de castidad del período medieval es reemplazado ahora por la tradición, la condena social, el juramento marital y la culpa endosada en el sacrificio de emigrar, como si quedarse no lo fuera. En el mejor de los casos, el amor en todas sus acepciones es el que se haría cargo de mantener vigentes estos símbolos culturales.

 

     Decíamos antes que la emigración se inicia con la idea de partir, de perseguir sueños en otra tierra, en otra patria, que comienza mucho tiempo antes de subir al barco. Se inicia, pues, con la decisión de viajar y que sucede, a veces, en las dos orillas: en el que llama desde América y en el que acepta ir, en el que hipoteca o mal vende lo poco o mucho que tiene para arriesgarlo todo en otras latitudes.

 

     La emigración es la esperanza y la despedida, el sueño de progreso y el miedo al fracaso, las ansias de tener una mejor vida que se les niega en la propia patria y el temor total y absoluto a no volver triunfador y lo que es peor, no encontrar nada al regresar a su tierra.

 

     Las ausencias que provocará la emigración se hacen presentes de diferentes formas y se nota más en el momento donde ya no se pone su plato en la mesa y la espera de noticias se instala ahora en el lugar vacío que ha dejado quien partió.

 

     La emigración continúa en esos tiempos donde las mujeres preparan al hijo, a la hija, a los hermanos, al padre, al novio, al marido, a cualquier familiar que sigue según los planes trazados  para ser el nuevo emigrante. Ese es su trabajo doloroso con el que carga todo el tiempo y nadie le pregunta si le gusta hacerlo: simplemente se lo encomiendan como otra tarea milagrosa más de las que hace diariamente. Trabajan para la emigración día y noche. Ahorran. Zurcen y remiendan. Siguen raspando la olla con lo que queda de comida para que ellos tengan la mejor porción y de ese modo puedan viajar fuertes. Cuidan la salud del que va a zarpar porque en él va la nueva esperanza.  Tal vez la última. Es el próximo a salvarse del hambre, de los derrumbes mineros o de cualquier epidemia que ande dando vueltas por ahí. En algún momento, se salvarán también de las dos guerras mundiales, que no han parido los hijos para que se los mate a cambio de una bandera ni para que asesinen en nombre de la libertad y de la patria.

 

     Otros viajarán ocultos como ocultas están ahora sus ideas anarquistas, socialistas o comunistas. Polizontes sin documentos ni pasado, ni en tercera van esos sino en bodegas de barcos oscuras como el averno, al punto tal que llegan enfermos si no es que mueren en el camino. De muchos de ellos no habrá registro de ingreso a los países de América porque han viajado indocumentados a fin de que no se los identifiquen para seguridad de las familias que dejaron y para evitar interrogatorios o represalias sobre ellos.

 

     Mientras tanto ellas cosen, barren, amamantan, cuecen, tejen, acunan, crían...y esperan. Una carta, un llamado, una señal de que están vivos, cualquier cosa que se parezca a la esperanza.

 

      Algunas claudican en la espera y se confinan al silencio. No sólo de volver a verlos sino que resignan el cuerpo en salud o en placer. Que no han quedado casi hombres para iniciar una nueva forma de vida y además ¿qué pensarán de ella los demás? Seguramente la acusarán de no haber tenido paciencia, de no saber esperar, de promiscua, de egoísta, de buscona y de tantas cosas más que la harían sentir culpable. ¡Dios santo, si hasta podrían llamarla pecadora en la iglesia, o señalarla con el dedo como a María Magdalena! ¿Y si quedara preñada y su marido trabajando en América? Antes morir que soportar tamaña vergüenza…

 

     La emigración las ha liberado del yugo, de la costumbre incrustada en sus mentes y sus corazones de atender al varón de la casa, las ha liberado de trajines y de horarios pero las ha condenado al trabajo duro y a la espera de años, las ha condenado a la búsqueda, las ha condenado a la soledad.

 

     Sin embargo, extrañan los abrazos, los susurros entrecortados, los besos, la humedad de los cuerpos desnudos, las caricias con manos arrugadas. Se extrañan los hombres. Se los necesita y se los extraña.

 

      ¿Y si se fueran ellas también a América, tras sus hombres?

 

     No. Habrá otras que lo harán: las obedientes y las aventureras. Pero ellas permanecerán en el pueblo, en la casa, cuidando el fuego, los hijos, las cosas, todo lo que tienen hasta que vuelvan con dinero o con las manos vacías

 

      Lo han prometido antes de zarpar el barco. Fue un juramento, un compromiso que les dijeron para asegurarles lo que desean escuchar al partir, con lágrimas o con risas, con las manos en alto o con las manos en puños, dicho en voz baja o a los gritos:

 

"Vete a América, que yo te espero..."

 

 

ADELA DEL VALLE LÓPEZ, 17/10/2014

UA-21500815-2