DIAGNÓSTICO DE AMOR

 

Emanuel:

 

          Te llamará la atención que llevo más de veinte días sin asistir a tus clases de informática pero resulta que un episodio aislado a mi entender (no así para mi familia) me ha obligado a mudarme de mi casa por un tiempo que no puedo ahora precisar, así que sabrás disculpar mi ausencia.

 

          Quiero agradecerte el trato especial que tuviste conmigo, tu paciencia infinita cuando no comprendía bien cómo abrir un documento Word o cómo reenviar un correo, pero es entendible que este tipo de incordios sean naturales en una simple ama de casa que no ha hecho más que usar las manos para fregar, barrer y planchar. Por eso, cuando las tomaste por primera vez para acomodarlas en el teclado, decidí que ya era hora que no olieran a lejía ni un solo día más y entonces las perfumé, pinté mis uñas y las volví palomas para no avergonzarme de ellas o para que las sorprendieras suaves, tan suaves como tu barba que rocé sin querer. Digamos que al poco tiempo que comencé las clases fui dejando en el placard la ropa pasada de moda, descolorida y aburrida para elegir otra moderna. Después sucedió tu compañía en ese recorrido de regreso al hogar, los libros de los que me hablabas y que ahora sabía buscar en Internet, las charlas sobre cosas cotidianas, los silencios, la sencillez de tu sonrisa al final de esos silencios. Enamorarme de vos fue como deslizarse por un tobogán de rosas con todos sus pétalos y todas sus espinas porque desde el principio sabía que no iba a resultar, que no podía ser y sin embargo yo insistía en conquistarte del modo en que podía, el único que sabía: las tortas de chocolate, el café caliente con coñac cuando te invitaba a pasar si llovía, la bufanda tejida para tu cumpleaños. Era bonito verte sentado en el living de mi casa, conversando de fútbol con mis hijos, tan ajenos a mi sentimiento todos. De esa noche recuerdo tu boca casi rozando la mía al despedirnos y la risa que nos provocó acomodarnos para que no volvieran a chocarse.

 

          Me hiciste conocer el mundo sentada frente a una computadora pero más que eso, conseguiste que mi sangre se acelerara cada vez que entrabas a dar clases, en cada momento que te acercabas y en esa sensación impresionante del corazón, mi corazón, saliendo por la garganta como un puñado de mariposas borrachas de amor.

 

          Emanuel: enamorarse a mi edad sabiendo que apenas tenés 25 años es peligroso porque la presión arterial sube y baja y los músculos se entumecen mientras el corazón arde como hoguera; entonces para soportar la humillación que nos da la vida la mente empieza a esconderse en otros tiempos y se confunden las fechas y las personas.

           Gracias por no hacerme sentir ridícula cuando te besé en la boca.

 

           Dijo el médico que es típico a mis ochenta años que olvide ciertas cosas tales como la dirección de mi casa o confundir a las enfermeras del geriátrico con alguna de mis nietas.

 

          Resisto a ese diagnóstico: decido recordarte y amarte con todos mis años, José, hasta el último segundo de lucidez que tenga mi mente

 

          Tuya

 

                                                          Antonia

 

 

ADELA DEL VALLE LÓPEZ, ROSARIO DE SANTA FÉ

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