Para comprender mejor los procesos sociales la Historia se acompaña, se complementa y se apoya en otras ciencias como la Arqueología, la Antropología, la Sociología, la Geografía, las Artes y otras tantas más que permiten ilustrar un tiempo determinado en el desarrollo de la humanidad.

                         Pero considerando este aporte insuficiente, un grupo de investigadores deseosos de una ciencia en la que pueden completarse los vacíos, los huecos del rompecabezas, comenzaron a interesarse por la vida cotidiana  de las sociedades, vale decir, integrar  actores sociales que habían quedado fuera de las páginas de los libros de Historia. No solamente se revalorizaron las personas y los hechos sino también los objetos. Así fue que de pronto sorprendían estudios sociales en los que se analizaba, por ejemplo, la historia del botón y el ojal, la historia de la ópera o la historia del arado. Las preguntas ahora se dirigían hacia quiénes confeccionaban esos objetos y para qué.

                         Desde hace tiempo la Historia ha dejado de ser esa estructura estática receptora de datos y documentos para indagar en el lenguaje cotidiano de los pueblos, con sus costumbres regionales, su gastronomía, sus dialectos, sus danzas y hasta sus mitos y leyendas, o sea, a nutrirse de otros saberes que permiten comprender mejor las actitudes de los pueblos en su conjunto, desde una revolución proletaria hasta la continuidad de los dominios coloniales aún en el siglo XXI.

                         Ese cambio ha permitido que la Literatura –entre otras- aporten un material invaluable y no se trata de obras de autores famosos que reflejaban una época  determinada donde lo válido era aquello producido para las elites, sino descifrar formas de vida a través de la lectura de simples cartas familiares o de enamorados, de pasaportes, de fotos perdidas, de relatos orales que luego se transformaron en memoria y de otros que se transformaron en cuentos, canciones, novelas o películas, en ese recurso simple de narrar, de relatar acontecimientos y situaciones domésticas, íntimas, donde se conjugan afectos, búsqueda de empleo, necesidades, hábitos ubicados en el marco histórico de procesos sociales. De este modo se puede comprender desde lo particular a lo general y no a la inversa como se dio antes.

                         El relato de lo popular acude a la Historia, la enriquece y aumenta el valor del relato porque da cuenta de ciertos acontecimientos y costumbrismos de época que precisamente por ser populares no se tenía registro de ellos, restándoles la importancia que hoy se le otorga merecidamente. Kilómetros de tinta, papel y palabras han dado citas de bodas de Césares, reyes y emperadores de Oriente pero casi nada sobre las bodas de artesanos, campesinos o simples ciudadanos de sueldo fijo engrosado apenas por monedas.

                         Tanto para quienes buscan completar lo científico como para quienes deseen simplemente recordar o conocer cómo fueron esos tiempos. Es que se ha dispuesto este espacio que solo pretende conciliar los huecos del pasado.

                          Las casas de inquilinato –también llamadas casas chorizo por tener una habitación contigua a las otras comunicadas a través de puertas de dos hojas- fueron el hogar de muchas familias de inmigrantes y de migrantes nacionales o pobres y trabajadores locales; así que sobre ellas se escribe describiéndolas como escenario de casi todos los cuentos que no son ni más ni menos, historias de vida de quienes allí habitaron. Otros cuentos hablan de diferentes temas, en otro tiempo o en otro lugar.

                          Pero todos ellos están impregnados por valores universales en sus versiones locales atravesando tiempo y espacio. Eso es. Amores, muerte, adaptación a otra forma de vida, bodas, desalojos, traiciones, mentiras, mudanzas, empleo, fantasías, todos ellos manifestaciones permanentes en cualquiera de las épocas y en todos los espacios sociales.

                          Los invitamos a espiar un tiempo que ya pasó en la Argentina del siglo XX a través de cuentos y relatos donde los diálogos son apenas fantasías e imaginación en un puñado de palabras que sirven para completar vacíos, para ayudan a comprender  mejor lo escrito por la ciencia.

                          De este modo uno de los recursos que tiene la literatura –que es el relato- acude como un paréntesis para complementar en parte, con la finalidad de enriquecer los sentidos, de interpretar el lenguaje y el modo de hablar o de pensar de algunos personajes anónimos que son silenciosos modelos sociales, o de adivinar aromas o sentir la textura de las paredes de las casas de inquilinos.

                          Si los cuentos ayudan a esclarecer sucesos y comportamientos o han servido para estimular la memoria de quienes lo han vivido o simplemente ha sido una lectura pasatista, la tarea ha sido lograda.

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