LAS CASAS DE INQUILINATO, ESLABÓN ENTRE LA CIUDAD PROSPERA Y EL PROGRESO.

                             A medida que los inmigrantes extranjeros y los migrantes nacionales o de países limítrofes de Argentina aumentaba el volumen poblacional en las ciudades más prósperas –con fábricas, comercios y puertos- la necesidad de vivienda se convirtió en una cuestión social de sumo interés a nivel nacional y urgente necesidad que resolver a la brevedad. Los trabajadores precisaban habitar en la cercanía a sus lugares de trabajo, sea el puerto o bien al ferrocarril (los mayores proveedores de empleo) por una simple cuestión práctica: en muchos casos por la dificultad de leer el número o letra que identificaba a cada ómnibus precisamente por tratarse de analfabetos o bien por desconocer totalmente el idioma. Por ese motivo se dispuso un color diferente a cada unidad de transporte urbano con diferente recorrido.  En otros casos la cercanía al lugar de trabajo se daba por el ahorro que le significaba concurrir a pie.

                              En muchos casos el ferrocarril y la zona portuaria se hallaban cercanos al centro de la ciudad, célula comercial, de divertimento y de trámites varios, en donde convergían los obreros antes o después de laborar. Obviamente que las familias ricas de la ciudad que habitaban la zona céntrica no querían tener demasiado contacto con estos inmigrantes en su mayoría pobres y de a poco fueron abandonando esos caserones para trasladarse a otras áreas de la ciudad en propiedades de una arquitectura más confortable y más moderna. Además, la posesión de automóviles les permitía llegar a la zona del centro comercial en pocos minutos, luego, con las décadas, se abrieron sucursales o nuevos negocios justamente en estas nuevas zonas de modo tal que el traslado al centro para las compras ya no era necesario aunque sí para asistir a eventos sociales y funciones de gala en teatros o radioemisoras.

                              Así fue que esas casonas fueron ocupadas por los inmigrantes, humildes locales y migrantes de otras provincias del país, pagando una renta especulativa cuyo valor de paga quincenal o mensual se regía según el nivel arquitectónico, antigüedad de la misma y calidad moral de las personas que allí vivían. De a poco la zona céntrica, la que bordeaba el puerto y la del ferrocarril fueron creciendo como hongos albergando en los caserones toda suerte de destinos convirtiendo estos lugares en espacios sociales de convivencia entre diferentes culturas extranjeras: árabes y judíos, españoles, italianos, polacos o nacionales: cordobeses, entrerrianos, tucumanos, correntinos, todos ellos compartiendo cocina, baño, patio, escaleras, sombras, amores…

                              De este modo nacieron las casas de inquilinato: por lo general estaban juntas la de planta baja y al lado, pegada, la de planta alta. Las escaleras de ingreso eran de mármol blanco, fino, y desde el último tramo de ellas parte de las paredes lucían mayólicas y mamparas fijas de coloridos vidrios en cuyo centro se disfrutaba ver un cisne y una flora y fauna de laguna europea. Esas escaleras finalizaban en un amplio hall en donde confluían dos o tres habitaciones inmensas con amplios ventanales y celosías que daban a la calle. Esos balcones tenían la amplitud suficiente como para poner sillones de mimbre y contemplar cómodamente el movimiento de la ciudad o sentir bajo los pies el paso ligero de los tranvías, si se vivía en la planta baja. En esas salas vivían los encargados o bien algún vecino de mejor pasar económico.

                               Separando ese hall del resto de la casa había una puerta cancel, por lo general de hierro, que enmarcaba vidrios de colores combinados con la mampara y al traspasarla se encontraba una galería en donde se ubicaban las “piezas”, llamadas así porque no tenían ventanas sino simplemente una puerta de madera de dos hojas con persianas de madera delante de ellas. En cambio al referirse a “habitación” se entendía que había ventana, lo que permitía mejor ventilación del espacio. Bordeando la galería estaba el amplio patio, lugar donde se tendía la ropa, jugaban los niños o se disfrutaba del mate mientras se cosía, se bordaba o se pelaba papas. Ese era precisamente el lugar de encuentros entre vecinos, un espacio donde sociabilizar a pesar de hablar distintas lenguas, un pequeño ámbito donde se podía amar a escondidas de los padres o se podía morir de una puñalada en una pelea.

                               En algunos casos al finalizar esa galería se disponían dos habitaciones, una a cada lado, y se pasaba a otro patio más sencillo que hasta tenía árboles, en caso de estar en planta baja. Si se vivía en planta alta se hallaban los altillos y luego la terraza. En ese patio se encontraba el baño principal y otro más pequeño (que se utilizaba para uso del servicio doméstico mientra fueron ocupadas por familias pudientes), además de una amplia cocina con fogón que funcionaba a carbón o leña o cocina a kerosene y también en ese patio había piletones para la lavar la ropa.

                                Lo fundamental de estas casas era entender que cada pieza o habitación era el hogar de estas familias pobres donde en muchos casos estaban hacinados; sin embargo era natural que una pareja recién casada que vivía en el inquilinato residiera allí toda su vida, a lo sumo, rentando la habitación contigua –comunicada a través de una puerta que según la situación se clausuraba- para comodidad de los hijos o a los suegros. Se dieron casos donde estos hijos se casaron y siguieron viviendo en el mismo caserón y hasta se convirtieron en encargados del inquilinato, una suerte porque ostentar ese cargo significaba ya no pagar más la renta y mudarse a las salas del hall, amplias, ventiladas y con vista a la calle, estratégicamente ubicadas para controlar el ingreso y egreso de sus moradores. En ese tiempo la puerta principal de la casa se mantenía abierta desde la salida del primer trabajador hasta las nueve o diez de la noche, lo que obligaba al inquilino que llegaba después a tocar el timbre para poder entrar.

                                  Con el paso del tiempo y bajo la excusa del progreso esos caserones dejaron de ser rentables para sus dueños porque generalmente no tenían voluntad de invertir en mantenimiento y la humedad propia del litoral se ocupó de lo suyo haciendo estragos en cimientos y paredes.

                                    El gobierno militar de 1943 había decretado el congelamiento de alquileres y la suspensión de todos los desalojos en todo el país. Durante el gobierno del Gral. Juan Domingo Perón estas medidas se prorrogaron beneficiando a parte importante de la población considerándose que para 1947 el censo indicaba que más del 70 % de la zona metropolitana se encontraban habitadas por inquilinos. Así fue que el pago de esas rentas ínfimas resultó una provocación para los propietarios que recibían monedas.

                                    Esas casas se fueron deteriorando en muchos de los casos hasta que su precio en el mercado resultó ser un buen negocio para los inquilinos que terminaron por adquirirlas según sus posibilidades; en otros casos quedaron en manos de inversores que al tiempo dispusieron su demolición; en circunstancias similares muchas de esas propiedades quedaron abandonadas a medida que sus moradores se mudaban o morían sus dueños y hubo también quienes se  beneficiaron por indemnizaciones que debían pagar los propietarios para que sus inquilinos las desocuparan pudiendo adquirir viviendas modestas en barrios alejados del centro o siendo adjudicatarios de casas que el gobierno peronista otorgaba a través de sus planes de viviendas sociales. Muchos inquilinos quedaron habitando esas casas ante la agotada lucha de los propietarios por recuperarlas y continuaron allí sus vidas e inclusive subalquilándolas en su propio beneficio. O sea, hubo todo tipo de situaciones que malograron las relaciones entre dueños e inquilinos hasta que el gobierno militar de 1976 niveló la balanza a favor de los primeros perjudicados. Desde ese momento se terminó con el apretón de manos que simbolizaba el inicio de un contrato de arrendamiento para quedar sometidos al nuevo rol que tendrían las tradicionales administraciones de bienes raíces: comenzaron a pulular las inmobiliarias como intermediarias casi absolutas en la relación de inquilinos y propietarios. Al mismo tiempo se aprovechó la oportunidad de invertir en la construcción de edificios de propiedad horizontal con una quita importante en el impuesto a la propiedad privada. Los contratos de alquiler urbano, entonces, sumaban cláusulas cada vez más leoninas y sin control del gobierno.

                                   Aquellas viejas casonas, esas casas de inquilinato o “casas chorizo” (por la disposición de las piezas una pegada a la otra y en cantidad) fueron cediendo ante el avance de lo que serían los edificios de propiedad horizontal, con un metraje mínimo para mejor rentabilidad del espacio fragmentado. Las topadoras y excavadoras fueron implacables verdugos de esos lugares donde los escombros se atropellaban entre sí, sorprendidos y asustados como las paredes de la casa de al lado temiendo que eso de demoler fuera un contagio, una epidemia a la cual ya no se podría controlar. Sólo era cuestión de esperar la orden judicial o del municipio autorizando a demoler y así se asesinó en silencio parte de la historia de las ciudades industriales, de sus obreros, de sus vecinos, de sus inquilinos. Ahora se planificaba construcciones a lo alto, el modo en que el capitalismo ganó el espacio aéreo, vertical, donde la renta se volvía más fructífera. El progreso, siempre eterno joven, se fue devorando las risas de esos patios de baldosas gastadas, los malvones se secaron, se despedazaron las mayólicas de los baños, se hundieron los pisos de pinotea y el tiempo, calladito, se guardó en algún rincón las charlas de mujeres, la música de las radios, el aroma de guisos y de sopas, los gritos por el gol en el último minuto, el llanto por la premura de la teta, los juguetes olvidados, los besos de los novios en el zaguán y los nombres del amor escritos con tiza en alguna pared manchadas de humedad.

                                        En realidad, lo que buscó el gobierno militar fue atropellar la memoria de los lugares apropiados por los pueblos que entre otras cosas gestaron vínculos obreros y sindicales porque en esas casas de inquilinato convergían todas las necesidades y por ende, todos los reclamos sociales. Lograron, en parte, borrar las historias, irrespetar la arquitectura puntual y específica de otros tiempos que fueron ícono de la sociedad urbana argentina. Eliminar toda esa estructura fue una forma de dominio a través de la aculturación ya que todo lo antiguo, todo lo viejo, carecía de valor y había que dar paso a lo nuevo y lo nuevo venía de Estados Unidos con un tenebroso proyecto económico y social para toda América Latina. De este modo se transformó y se modificó el espacio geográfico y social de las ciudades pujantes. 

                                             “Avanzar” implica –entre otras cosas- modificar, alterar una situación determinada bajo el supuesto de mejorarla. Cuando estos avances forman parte de decisiones políticas de los gobiernos de turno su sinónimo es “Progreso” y es bajo el amparo de ese término que se justifica hasta lo ilegal o lo ilegítimo. En el nombre del progreso se arrasa con infraestructuras, estructuras, superestructuras, culturas, patrimonio y personas.

                                              Claro ejemplo de esto fue la campaña al desierto, la primera ordenada por el gobernador de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas (1833-34) y la siguiente (1878-1884) por el Gral. Julio Argentino Roca y el ejército argentino (mano legalmente armada del Estado habilitada incluso para matanzas y genocidios) que buscaron exterminar pueblos originarios para incorporar esos territorios a fin de darles un destino más productivo a sus intereses personales disfrazados en el amor a la patria. El ferrocarril argentino cruza el país sobre sangre derramada, sobre antiguas culturas diezmadas hasta llegar a los puertos más importantes, los que recibirán inmigrantes que trabajarán la tierra donde se sembrará el trigo que se pondrá sobre la espalda de otros inmigrantes para cargarlos luego en otros barcos. De allí destino a los puertos del otro lado del Atlántico a inundar los mercados de los países europeos con alimentos para abastecer a los nuevos esclavos de la industrialización a unos precios con los que la producción propia no podía competir aumentando la excedencia de una mano de obra que pasaba a engrosar nuevamente, cuan círculo vicioso, las corrientes migratorias. La actividad agropecuaria argentina mueve, casi, al mundo entero y de todas las provincias se intenta llegar a Rosario o a Buenos Aires para sobrevivir, para avanzar, para progresar.

                                             Existe un cierto parecido entre este acontecimiento tan lejano en la historia argentina y lo sucedido con el paisaje del barrio, de las casas de inquilinato, los departamentos de pasillo y algunos conventillos que ilustraron una época: la destrucción de infraestructuras, estructuras y superestructuras, culturas, patrimonio y personas porque al tirar esas casas abajo se borran para siempre los recuerdos, la memoria de quienes la habitaron y se vuelve imposible o difícil en el mejor de los casos, buscar, investigar, indagar en el pasado para componer la historia del país.

                                             El modelo económico de país en el siglo XIX ya se había diseñado, programado y organizado y los negociados de la oligarquía y los gobiernos se taparon entre decretos y agradecimientos con leguas de tierra saqueada. En el siglo XX también lo fue de intenso y feroz con el agravante que el pueblo no sólo tenía miedo a experimentar el terror sino que tenía también miedo a la libertad y a luchar por ella.

                                            Retomando el tema de los cambios en la arquitectura urbana, a cambio de esos caserones se construyeron torres altísimas y sin balcones, edificios de categoría con balcones, gigantes de mármol y hormigón crecieron como dinosaurios sobre las tumbas de esas casonas sin el menor remordimiento: “…setenta balcones y ninguna flor…” acusaba el poeta José Pedroni, añorando el pasado perfecto de su ciudad.

                                           Aún quedan muchas de esas casas chorizo que al igual que los departamentos de pasillo hoy tienen en el mercado inmobiliario un valor agregado por una suerte de revival en la moda de reciclado para delicia y costo excesivo de arquitectos y decoradores. Aquellos departamentos de pasillo que permitían vivir a decenas de familia en un modo más decoroso fueron también una construcción simbólica de esos tiempos de migración. Compuestos por un patio en el que se encontraba el baño enfrentado al otro extremo con la cocina, dos habitaciones con puertas de dos hojas y en madera, cerraban la vivienda. Algunos departamentos tenían una escalera de chapa que conectaba a la terraza o bien a un altillo que se aprovechaba muy bien en casos de familia numerosa o hijos recién casados.

                                              Tal vez, cuando la ciudad duerme, las casas viejas, ya vacías de aquellos inquilinos inmigrantes, pobres y obreros, susurran en el viento las historias de quienes la habitaron…

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