CARTA DESDE GALICIA PARA FIDEL

 

 

Pontevedra, Galicia, 11 de febrero de 1976

 

Estimado Sr. Don Fidel Castro:

 

   Espero que al recibir ésta se encuentre usted en perfecta salud quedando nosotros de igual forma gracias a Dios.

 

  Le sorprenderá esta carta pero es el último recurso que me queda para encontrar a mi marido y me animo a tanto por la desesperación de hallarlo, pues llevamos casi diez años sin saber de él. Mi José partió hacia La Habana una fría tarde de enero de 1930 desde el puerto de La Coruña, en Galicia. Su nombre completo es José Jesús García Nogueira. Es alto como su padre, tiene pelo rubio oscuro, un bigote fino que lo hace más guapo aún y unos ojos celestes como el cielo de mi pueblo; llevaba al partir un saco marrón que le prestó mi suegro y una maleta no muy grande. Tenía en ese entonces 29 años recién cumplidos, esposa y tres niños. Pagamos su pasaje 327 pesetas que reunimos entre todos los familiares. Apenas llegado a Cuba se hospedó en casa de unos paisanos de apellido Carbalho, dueños de un bar donde mi esposo trabajó como camarero. Durante esos años nos envió dinero aunque no el esperado, pero en fin, con eso y mi curro de lavandera nos hemos arreglado. Me ha contado una paisana que regresó al poco tiempo a mi pueblo que en el año 52 mi José puso un restaurante por su cuenta y se enredó en amores con una cubana de carnes firmes que oficiaba de cocinera y con la cual tuvo dos hijos. Prefiero creer la historia de mi compadre que viajó con él y luego trabajó cerca del bar de los Carbalho, quien mandó decir en varias cartas que cansado de ser mi José un obrero explotado allí al igual que en Pontevedra se alistó con revolucionarios que asaltaron un cuartel cuyo nombre no viene ahora a mi mente y que fracasado en el intento fue encarcelado en la Isla de los Pinos. Luego, ya liberado, partió a México, que desde allí se embarcó en un milagro que flotaba llamado “Granma” junto a 80 compañeros de lucha de los cuales sobrevivieron apenas 12 y entre ellos se encontraba mi José, según cuenta. Mencionó también que mi marido pudo aprender a leer y escribir gracias a un plan de alfabetización, pero jamás recibimos una misiva suya aquí en Galicia escrita de su puño y letra, aunque eso habría sido un motivo de orgullo para nosotros. Que si le vieron en campos de cultivo de café, que si le vieron cargando fusil al hombro, que si le han visto en barco pesquero o perdido en alguna isla llamando a gritos a sus hijos, el caso es que jamás hemos vuelto a tener noticias suyas desde 1965 ni han dado cuenta de ello las oficinas a las que hemos recurrido para saber su paradero. Así que no me conforma ese chisme de saberlo casado con otra mujer que no sea yo, su esposa legítima, ni que tenga otros hijos que los que le he parido en Galicia. No es así mi José, Sr. Castro. Él es un hombre de valores sólidos, enemigo de mentiras y embustes, sensible ante el dolor ajeno y es justo.

 

  Si usted llegara a saber algo de él dígale, por favor, que mi amor sigue intacto como cuando nos conocimos en aquella romería en el pueblo y que aún siendo yo casi una niña y él un mozuelo que ni barba tenía nos juramos estar juntos hasta morir. Bueno, también dijimos no separarnos nunca pero la vida en España se hizo difícil y mi José tuvo que partir a América casi con lo puesto. Cuéntele que nuestros hijos son hombres de bien, casados ya, y que lo han hecho abuelo tres veces. La pequeña nieta tiene su mismo cabello y hasta ha heredado el color de sus ojos. En el día de su cumpleaños los muchachos ponen una copa de vino en la cabecera de la mesa como si estuviera mi José.

 

   Si no es molesto para usted confiésele que mi cuerpo lo reclama aunque ahora con más calma pero que tiene la memoria de sus manos en mi cintura, de sus besos en mi vientre, de su boca en la mía.

 

   Y si es de Dios que lo primero es cierto y tiene otra esposa y otros hijos mándele mi bendición y que queda disculpado por el dolor que me cause saberlo porque a fin de cuentas, cuando las personas emigran también el corazón lo hace y muchas veces es una carga insoportable de llevar cuando se está tan lejos y tan solo. Pero dígale al oído que aún huelo a él.

 

   No le entretengo más, Sr. Castro, porque sé que tiene mucho que hacer en su pueblo y son éstos tiempos difíciles y aquí también sabemos de su lucha revolucionaria. Yo seguiré lavando y planchando las camisas que dejó mi José como si nunca se hubiera ido, ahora con la esperanza de que usted me responda.

 

   Dios le bendiga a usted y a su pueblo y que esas bendiciones alcancen a mi marido esté donde esté.

 

                                          María Gracia Abreu de García Nogueira, a sus órdenes.

 

ADELA DEL VALLE LÓPEZ


ROSARIO DE SANTA FE

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