BIGOTE DI MERDA.

 

     Vittorio Buono andaba por los diecisiete años, más o menos, cuando una pelusa tenue y con apariencia de una simple sombra  oscura recién se le asomaba  sobre el labio superior. El espejo le mostraba día a día que estaba creciendo rápidamente y en poco tiempo sería ya un hombre más en el conventillo hacinado de inmigrantes, gente que venía de todas partes  buscando una nueva vida en ese mal llamado nuevo mundo por los libros de Historia. Aunque lo hacían desde 1869 ya para 1914 eran casi dos millones cuatrocientos mil italianos los que arribaron a la Argentina, muchos de ellos amarrándose al porvenir del puerto de Rosario.

 

     La familia Buono, por ejemplo, venía de Ercolano, un pueblo en la provincia de Nápoles, en Italia. En ese tiempo, al llegar a la Argentina, la mayoría decía que venía propiamente di Nápoli para dar como referencia esa ciudad  -tan conocida como Roma o Venecia-   a los simples vecinos que ni sabían a veces ubicarla en el mapa. Y si había nacido en Nápoles era obvio llamarlos napolitanos pero como era demasiado largo, acá se los bautizó para siempre como “tanos”; así que vinieran de donde vinieran de la bellísima Italia, a todos los que llegaban de la península con forma de bota  se los conocía con ese apócope o simplemente  “gringo”, al igual que a los españoles, que serían para siempre “gallegos” aunque hubieran nacido en la mismísima Andalucía.

 

      Vittorio quería crecer rápido no por empecinado sino por la ansiedad descontrolada que proporciona siempre el amor. Todavía usaba pantalones cortos y hasta cumplir  los 18 ni soñar con los largos ni con el bigote. Pero el tema neurálgico acerca de los permisos que otorgaban  los padres para hacer ciertas cosas  no pasaba por ahí - por el largo o no de los pantalones-  sino por el bigote propiamente dicho.

 

     Por más voluntad que pusiera el ansiado vello no daba pinta ni por casualidad de volverse tupido. No pedía mucho el chico, apenas que le creciera un poco más duro aunque  fuera finito en su extensión horizontal y luego poder recortarlo con la tijera  bien parejo, como lo  usaban los muchachos más  grandes. Vittorio no pretendía que fuera un bigotón como el del turco Murad porque más bien causaba gracia verlo comer fideos con salsa o que el cigarrillo se le perdiera en medio de tanta pelambre que le tapaba completamente la boca, así que no era tan ambicioso en su pedido. Unos peones del Mercado Central que vivían en el altillo le habían dicho que si se lo afeitaba una sola vez  después le crecería grueso y fuerte pero lo que era más que seguro es que su  padre le llenaría el culo a cintazos si se le ocurría semejante desobediencia: el bigote  estaba prohibido hasta los 18; después vendría junto con el pantalón largo y la libreta de enrolamiento, algo así como un diploma de “hombre”. Apenas lo tuviera crecido se sacaría una foto y la enviaría a su parentela en Ercolano y de ser posible, encargarles que hicieran un cuadro con ella  y lo colgaran en la pared para que vieran que ya no tenía  nada que ver con aquel niñito al que despidieron desde que partió allá por 1917, un año antes que terminara la guerra mundial.

  

     Cada mañana veía a su padre realizar el ritual diario y obligado de la masculina afeitada. Una brocha espumante de jabón  envolvía su cara hasta parecer una barba blanca y luego hacer gestos ridículos con su boca por donde pasaba la navaja, tan filosa como silenciosa y que arrasaba con cuanto pelo se le ponía por debajo. Inmediatamente  venía el retoque a su bigote, pausado, lento, prolijo, con el pulso seguro y certero como el de un cirujano, hasta dejarlo  como pintado, transformándose en el centro de destaque de la cara, dándole  un aire de autoridad y distinción pero  sobre todo, de hombría. Cierto domingo a la mañana  que su padre se había  ausentado para ir a la iglesia porque sería padrino de un bautismo, Vittorio se animó a pasarse la brocha con jabón perfumado y practicaba con el mango de la navaja cerrada; pero cuando escuchó el chancleteo de su mamma que lo andaba buscando se lavó la cara de inmediato y de la aventura no quedó más que el susto y el corazón latiendo a mil por segundo.

 

-San Genaro, se domani tú me fa un mostacho come el del mío papá   ío ti prometo una candela cosí de grande - rezaba Victorio mientras mostraba al santo de yeso el tamaño de la vela prometida si le hacía crecer rápido el bigote. Por supuesto que San Genaro estaba ocupado en cosas más importantes como para hacerle crecer durante la noche esa mustia  pelusa.

 

     La desesperación del muchacho por tener bigote superaba ya la curiosidad de cualquiera. El gringuito era discreto, porque tampoco era cuestión  de andar hablando sus intimidades por ahí. Además era muy vergonzoso y si empezaba a contar la causa se pondría colorado como un tomate y  a tartamudear por culpa de su timidez. Una tarde que las mujeres del conventillo los habían echado del  patio para baldear tranquilas, Mario, el hijo de la tucumana y Enzo, el hijo del siciliano, lo apuraron a que confiese. El primero de ellos fue el que lo hostigó:

 

-¿Se puede saber por qué querés tener bigote vos? ¿Ah? Y no vengás conque no te gusta andar contando tus cosas y no empecés a tartamudear como hacés siempre que te preguntamos algo…dale, contá o le decimos a la encargada del conventillo que le anduviste robando las flores de la maceta, dale, contá… ¿O no nos tenés confianza? …¡Pst! A fin de cuentas ¿somos tus amigos o no somos tus amigos, ah?

 

     Vittorio se cubrió la cara con las manos transpiradas por ese pudor propio de los adolescentes enamorados  y se le escuchó bajito:

 

-La Cuncheta…

 

-¿La qué? – preguntó sorprendido el hijo de la tucumana que más bien pensaba que era una mala palabra dicha en otro idioma.

 

-La Concepción, la Conce, Mario, si diche Cuncheta en italiano ¿sai? La Cuncheta  é la  filia del carbonero- traducía Enzo, el hijo del siciliano que aunque había venido de pequeño seguía hablando la lengua de su familia.

 

     El tucumanito abrió los ojos por la sorpresa hasta que le dolieron de tan abiertos:

 

-¿Qué? ¿Te enamoraste de Concepción, la hija del carbonero? Tás loco, changuito, si el padre se entera te arranca el pellejo.

 

-Ma no, Mario. Mi ha detto che cuando  si hanno i baffi molto importante come el di un uomo,  posso sposarla ¿capishe?

 

-¡Ma qué capishe ni ocho cuartos!  A ver ¿cómo es eso que te dijo que si tenés un bigote importante como el de un hombre podés casarte con ella? ¿Para qué te querés casar tan rápido, chango? ¿Ah? ¿No ves que te vas a perder lo mejor de la vida? Ir a los bailes, jugar a la pelota en el campito, juntarte con los muchachos en el bar, jugar a los billares, emborracharte, volver a la casa a la hora que vos quierás, andar con las putas, todo eso te vas a perder si te casás joven…y después  vienen los hijos que te arruinan todo  como dice mi mama porque ya no tenés tiempo para nada como le pasó a ella…Dejate de joder, Vittorio, para mí que el carbonero se quiere sacar a la hija de encima porque come como una chancha y no lo ayuda al padre con el negocio ni a la madre con las cosas de la casa…cualquier vecina sabe eso, que es una vaga…una vaga es...mirá que sos sonso, gringo…sonso y boludo al mismo tiempo…

 

     El tano estuvo horas enteras explicándoles que estaba enamorado hasta los huesos y que ya no habría otra en su corazón porque ella lo ocupaba todo. Que soñaba con verla desnuda, soltarle las trenzas, hacerle el amor cada noche, cubrirla de pétalos de rosas a cada hora del día porque no se merecía menos.

 

-   ¿Pétalos de rosas?- repetía azorado y a los gritos el tucumano con su acento tan característico y que no tenía ni un ápice de romántico.

 

     Por un rato se quedaron los tres en silencio, sentados en el umbral de la casa, escuchando por fin  la confesión de amor tan celosamente guardada por Vittorio. Después primó la tibia maldad propia de la adolescencia que no hacía caso a ningún compromiso dado con la palabra y el Enzo y Mario se fueron   abrazados, cantando por la vereda, con toda la fuerza de sus voces:

 

-"El tano tiene novia, la la la la la la… la novia es la Cuncheta, la la la la la la…la hija del carbonero, la la la la la la la….que es gorda como una vaca, la la la la la la la..."

 

     Entre risas inocentes dejaban atrás  a Vittorio con su secreto expuesto a todo el vecindario mientras les gritaba:

 

- ¡Traditori! ¡Mascalzone! ¡Maledeti!¡Fili di putana!

 

     El tiempo fue pasando lento para el muchacho pero  rápido para los viejos, tal vez porque con los años se mide de otro modo. Llegó al fin el día de su cumpleaños número dieciocho y con la mayoría de edad la libreta de enrolamiento, el pantalón largo y el saco, la camisa, la corbata…y el bigote. Semanas antes de la fecha su padre le había dado una cátedra en el arte del afeite y hasta le había prometido una navaja de mejor calidad a la que le regalaba en ese momento con la débil  excusa que eran difíciles de conseguir, pero la verdad es que la  “Solingen” no podría comprarla por su alto precio, inaccesible casi para un obrero del mercado. Pero para Vittorio eso era lo de menos. Se miraba una y otra vez en el espejo esa rayita oscura sobre su labio con pretensión de bigote y apuró el paso para llegar a la casa de la amada con un ramo de calas que había conseguido robar a la descuidada encargada del conventillo. El carbonero cumplió entonces con su palabra y ahí nomás se fijó la fecha para el casorio. 

 

     La fiesta fue sencillita y la gente del conventillo colaboró con lo que tenía: manteles de todos los colores, nuevos, rotos o remendados; vasos de todos los tamaños y modelos; platos hondos y playos de lata y de loza; fuentes que se llenaron con lo que había desde guiso de mondongo a spaghettis al pesto; cada uno puso lo suyo compartiendo la alegría de la boda. Bailaron y brindaron por los novios hasta el amanecer del domingo cuando  la pareja de recién casados se fue a habitar desde ese momento la piecita del fondo, húmeda y oscura, sin una ventana siquiera porque era la más barata que pudieron encontrar.  

 

     Vittorio trabajaba con su suegro en el fraccionamiento y reparto de carbón todo el santo día y no anhelaba otra cosa más que llegar a su piecita, quitarse la ropa y hacerle el amor una y otra vez, cada noche como cada mañana, antes de levantarse. Lo que vale decir, todas las veces que pudiera aunque sin pétalos de rosas. La joven esposa poco hacía los quehaceres de su hogar  ya que siempre estaba cansada de tanto amor que le daba. Dos meses después de la boda anunciaron el hijo, que al nacer salió de la mano con otro igualito, aunque no había antecedentes de mellizos en ninguna de las dos familias. Lo malo de tener dos hijos de golpe cuando se es pobre da por resultado buscar otro trabajo porque con el que se tiene no alcanza, motivo por el cual el tanito tuvo que buscarse un conchabo nuevo de armar cajas de cartón por unos pocos pesos a fin de mes. Por supuesto que la esposa especuló con el asunto de atender al dúo de hijos y se lo pasaba durmiendo para recuperar fuerzas, no quedándole otro remedio a Vittorio que hacer las compras cuando salía de la carbonería  camino al conventillo para ir a armar las cajas de cartón. También cocinaba y a escondidas de su madre –a quien poco le gustaba la nuera vaga que le había tocado- lavaba los pañales meados en un fuentón. 

 

     Una noche de navidad discutieron fuerte porque ella había gastado todos los ahorros en un ridículo vestido con bolados   haciendo referencia a que no tenía nada que ponerse  ya que había quedado gorda después del parto, más que antes de casarse. Vittorio le dijo que aprendiera de su suegra que se hacía la ropa con telas de liquidación. Ella le reprochó que  había tenido que cortarse las trenzas porque no podía lavarse el pelo tan seguido por falta de tiempo y por supuesto por culpa de los mellizos a los que debía  atender. Él le reclamó un montón de camisas sin planchar y cacerolas sin lavar. La Cuncheta le respondió a los gritos que ella era su mujer no su sirvienta y que si no estaba conforme que se fuera con la madre y ahí nomás el tanito le metió una cachetada y la hija del carbonero no se quedó atrás: le metió un mamporro en la nariz que lo dejó sentado. Después se abrazaron y lloraron juntos, se besaron, se escondieron bajo las sábanas  y ya en  los primeros días de setiembre trajeron otro hijo al mundo, tal vez por esa manía de solucionar los problemas de matrimonio en la cama. Más que obvio que el gringuito se buscó otro trabajo los sábados  repartiendo  verdura con un carro tirado por un caballo que daba pena verlo de flaco y arruinado que estaba. La paga no era buena pero al menos se podía quedar con alguna fruta machucada y  verdura que no podía vender por marchita; eso le alcanzaba ahora para poner  algo en la olla y en la panza de la familia. 

 

     El domingo era el único día que Vittorio podía quedarse un poquito más en la cama al menos hasta que los chicos se  empezaran a despertar; era el día en el que disfrutaba escuchar la radio mientras se afeitaba tranquilo bajo la atenta mirada de los mellizos, único momento de la semana  que se quedaban quietitos. Tal como lo hacía su padre, Vittorio gesticulaba frente al espejo buscando el mejor ángulo para recortar el bigote que ya era lo suficientemente espeso como para alardear. Finalizada la obra, contemplaba ufano su bella stampa, su porte de hombre con bigote.

 

     La mujer se levantaba cerca del mediodía y encima de mal humor; le ponía sobre la mesa todo artefacto que hubiera para arreglar, desde el calentador a alcohol hasta sus zapatos. El pobre Vittorio ni se quejaba y en silencio tomaba el destornillador y la pinza y reparaba lo roto. Era mucho ya para sus pocos kilos, su cuerpo fatigado y su mente atormentada por las responsabilidades: trabajar todo el día en la carbonería del malvado suegro que lo explotaba en vez de ayudarlo por haberle sacado a la hija de encima, hacer las compras en la feria, lavar la ropa adentro de la pieza a escondidas de la madre, cocinar, armar las cajas de cartón y repartir la verdura en ese carro mal trecho lo dejaban agotado. Eso sin contar que jugaba con los críos, les daba de comer y los hacía dormir porque Cuncheta siempre tenía una excusa para no hacerlo. De todos modos, a pesar del cansancio diario, siempre se hacía un ratito de tiempo para cumplir con su obligación de marido.

 

     La Cuncheta volvió del hospital con la cara más larga que una berenjena; le mostró el resultado de los análisis y le dijo que fuera pensando un nombre para el que venía en camino. Vittorio se agarró la cabeza y miró a su alrededor como un paisaje de pesadilla: la cama grande donde dormían ellos con uno de los mellizos; la cuna con la bebé y un pequeño colchoncito de lana sobre cartones para que no le diera la humedad del piso, donde dormía el otro niñito; la mesa llena de platos con restos de comida que saboreaban con gusto las cucarachas; el fuentón lleno de pañales en remojo; las sillas ocupadas con ropa que no se guardaba en el ropero y el piso lleno de pelusa que esperaba la escoba con frenesí y la Cunchetta con antojo de comer sardinas fritas con frutillas…Se puso la gorra y se fue a caminar.

 

-¡Porca miseria!- maldecía el gringuito mientras pateaba el cordón de la vereda.

 

    Pero por más que se lamentara, ya no había nada que hacer. La Cuncheta era tierra fértil para las semillas que él arrojaba aunque la mayoría de las veces sin muchas ganas, ella y él eran tan fértiles como lo era la pampa argentina que se poblaba de campos sembrados de trigo, de terneros y de gente.  

 

   La partera del Hospital Centenario le puso a la criatura en los brazos y Vittorio agarró a su mujer y se fueron caminando hasta el conventillo porque ni para el boleto en colectivo tenía. Veintidós años y ya era padre de cuatro hijos. No lo podía creer. La madre de él se había quedado cuidando  de los otros tres nietos pero no porque quisiera sino  por tratarse de un caso de fuerza mayor; ya le había advertido que no lo tomara por costumbre porque bastante malcriados estaban por culpa de la nuera, o sea, su esposa, la que fuera el amor de su vida. En el trayecto se cruzó por casualidad con  sus viejos amigos  que se alegraron de verlo. Llevaban años sin verse porque Mario, el tucumano, estudiaba Abogacía y se había mudado con la madre a una pensión que le quedaba más cerca de la Facultad de Derecho y Enzo había conseguido trabajo en una joyería del centro reparando relojes de todo tipo, bastante bien pago, así que también se había mudado tiempo después que Vittorio se casó. Se abrazaron como antes lo hacían y daba la sensación que todo estaba como entonces pero se soltaron rápido para no dar rienda suelta a la emoción.

 

-Mirá vos…así que tenés otro changuito más, bueno, qué suerte…digo, porque dicen que los recién nacidos siempre traen un pan debajo del brazo…- le dijo el hijo de la tucumana.

 

-Ciao, Vittorio…signora Cuncheta ¿come stá?… ¡Ey! guarda qué bello bambino, é la facha túa-  se apresuró a decir Enzo que seguía hablando una extraña mezcla de argentino con italiano.

 

     Rieron por la ocurrencia pero era cierto, el niño recién nacido tenía la cara de su flamante padre.  Vittorio les preguntó a dónde se iban tan bien vestidos de traje y sombrero.

 

-Ahora nos vamos a hacer una partida de billar y más tarde  a bailar tango a un lugar nuevo que abrieron por aquí cerquita, con unas mujeres que ni te cuento, tano…este…perdón, señora…se me escapó, disculpe…A un bailongo quise decir…Bueno, Vittorio, nos vamos que se nos hace tarde…Me alegro de verte bien, gringo, lo mismo usted, señora y felicitaciones por el benjamín- dijo el provinciano que de a poco iba perdiendo su acento tucumano.

 

-Bona note a tutti-  saludó respetuosamente Enzo, quitándose el sombrero.

 

     Es de imaginarse que Cunchetta  casi ni los saludó. Nunca los había soportado. No obstante su desprecio evidente, los tres se despidieron con la promesa de encontrarse a tomar un vermut una noche de éstas, apenas pasaran las fiestas de carnaval. Vittorio los vio alejarse y por un momento recordó la tarde que Mario le había dicho que casándose tan joven se perdía lo mejor de la vida. Eso mismo era lo que estaban haciendo ellos, por eso se los veía tranquilos y felices. Lástima que no supo escuchar, pensaba cada uno por su lado. Claro, porque cuando se ama no se razona. Si al menos alguien le hubiera explicado que el amor dura poco y lo que sigue al matrimonio era una costumbre cotidiana… pero, bueno, a lo hecho…pecho. Se pasó los dedos por el bigote que tanto había  ansiado tener  y tragó saliva, amarga como la hiel.

 

     Cuncheta lo volvió a la realidad dándole un codazo en el estómago:

 

-Che, vos, tarado, despabilate y andá pensando cómo vas a hacer para traer más dinero a casa porque la miseria que me das no alcanza y yo no doy para más, que no estoy como para hacer milagros así que en vez de mirar para dónde van tus amigotes mejor ponete  a buscar trabajo. 

 

     Entonces los domingos, que eran su único día de descanso, fueron  obligadamente destinados para cuidar una pequeña fábrica de hilados que estaba en la zona sur y a donde iba en bicicleta para ahorrarse el viaje en tranvía, desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde en que llegaba el sereno de turno. Apenas tenía tiempo para lavarse la cara y el espejo le devolvía una imagen conocida pero  con la barba crecida, descuidada. A veces hasta parecía un mendigo, le había dicho su madre.

 

     Fue precisamente un domingo a la noche mientras su esposa estaba conversando con la vecina en la pieza de al lado, desligada como siempre de sus obligaciones domésticas. Vittorio le había pedido unas cuantas veces que atendiera por un rato a los hijos porque quería escuchar la radio tranquilo pero ella le repetía una y otra vez que no podía porque tenía que mirar una revista de modas con la Pirucha y a ella no le gustaba que llevara las criaturas a su pieza porque le toqueteaban y le rompían todo, así que le reclamó a los gritos que fuera un buen padre, que mejor los hiciera dormir si pretendía escuchar la radio sin que lo molestaran y que era un desamorado con los chicos y que su madre tenía razón cuando le dijo que no se casara con él y que no la esperara despierto porque la noche estaba linda y no se iba a meter en la pieza a escucharlo rezongar ni roncar por lo que daba a entender que se quedaría charlando hasta tarde con la Pirucha, una solterona  que hacía del chisme un espectáculo cotidiano. Resignado como de costumbre, Vittorio apagó la radio y se sentó sobre el piso porque no había ninguna silla desocupada.

 

    Uno de los mellizos estaba haciendo caca en la pelela mientras cantaba a viva voz, el otro gritaba encaprichado porque quería jugar con un tenedor que el padre no le daba por el lógico temor de que se sacara un ojo; la nena se había enchastrado la cara comiendo puré de papas, desparramaba la comida para todos lados con la cuchara y luego  pasaba las manitos sucias por el plato, por el pelo y la ropa recién puesta. A Vittorio se le cerraban los ojos del cansancio pero seguía hamacando al más pequeñito que lloraba sin parar por culpa de los dientes que estaban apareciendo.

 

     Esa noche los vecinos lo escucharon cantar una canción de cuna de lo más original  y no sabían si consolarlo al pobre tanito o echarse a reír por lo que decía:    

                                      

                                      “Día largo….Noche triste…

                                       ¡Bigote di merda!

                                      ¿Per qué saliste?”  


     

ADELA DEL VALLE LÓPEZ 1/11/2010

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